Esperanza de vida y mortalidad en España: el benéfico septiembre y el mortífero enero.

En España en el año 2011 la esperanza de vida al nacimiento alcanzó los 79,1 años para los varones y los 84,9 años para las mujeres. Respecto a 2010 esto ha supuesto un incremento de 0,2 años para los hombres y ninguna variación para las mujeres. Los datos proviene del avance de datos anuales del 2011 publicados recientemente por el Instituto Nacional de Estadística (INE).

En cuanto a la esperanza de vida para una persona de 65 años, la media de supervivencia añadida es de 18,4 años para los hombres y de 22,4 para las mujeres, lo que supone una edad media total de 83,4 años para los varones y de 87,4 para la féminas, que hayan cumplido los 65 en ambos casos.

La evolución de la esperanza de vida en los últimos 20 años muestra un constante aumento en la duración del tiempo vital de los españoles. Desde 1991 los hombres han incrementado su esperanza de vida en 5,58  años (de 73,5 a 79,1) mientras las mujeres han prolongado su tiempo de vida media en 4,25 años (de 80,67 a 84,92). Si tomamos como referencia la supervivencia de los mayores de 65 años, los hombres han incrementado su supervivencia en 2,81 años y las mujeres en 3,1 años.

Estos datos revelan la mejora significativa en la atención sanitaria y la reducción de la mortalidad infantil y juvenil, así como las mejores condiciones de vida del conjunto de la población. Es también significativo que los hombres hayan mejorado su esperanza de vida en conjunto y sin embargo en los mayores de 65 años las mujeres hayan ganado un diferencial de 0,3 años más de supervivencia en relación con los varones.

En 2011 hubo un total de 387.347 fallecimientos lo que supuso un 1,9% más que en el año anterior. La tasa bruta de mortalidad se situó en 8,4 fallecidos por cada 1.000 habitantes frente a los 8,25 de 2010. Este incremento podría ser consecuencia directa del mayor envejecimiento de la población. De los fallecidos, el 2,4% eran de nacionalidad extranjera pese a que este colectivo supone más del 12% de la población residente total, debido a que la edad promedio de los residentes extranjeros es notoriamente menor que el promedio español. De otro modo podría pensarse que España resulta mucho más saludable para los extranjeros que para los propios nacionales.

El incremento bruto de fallecimientos junto a la disminución de nacimientos ha hecho que el crecimiento vegetativo, la diferencia entre nacimientos y defunciones, suponga un total de 81.083 personas, lo que supone un regreso a las tasas mínimas de crecimiento vegetativo del periodo 1990-2005, donde se alcanzó un mínimo absoluto de 19.524 personas en 1995 por oposición a un máximo de 378.499 en 1976. El máximo reciente se dio en 2008 con un saldo de 134.305 personas.

La previsión es que el crecimiento vegetativo continúe su descenso en los próximos años como consecuencia del impacto de una doble tendencia acumulativa: el incremento de la edad media de la población por un lado, que hará crecer la cifra absoluta de fallecimientos y por otra el fin de los movimientos inmigratorios de extranjeros y el aumento de la emigración de población española joven en edad de procrear, ambos como consecuencia de la crisis económica.

Los datos mensuales son bastante ilustrativos acerca de qué momento del año es el peor desde el punto de vista de los fallecimientos. Los meses más “vitales” son septiembre y junio (28.500 y 29.600) mientras que los más “mortíferos” con diferencia son enero y diciembre (38.179 y 37.516 respectivamente). Esta oscilación estacional no es propia solo del 2011 sino que es una pauta recurrente año tras año. El análisis por provincias y municipios prueba que aquellas localidades con poblaciones más envejecidas (en el centro y el norte de España) muestran más variabilidad entre los meses con tasas más bajas y más altas de fallecimientos, lo que puede deberse a que las condiciones adversas del invierno agravan especialmente las condiciones de supervivencia de dichas poblaciones con mayor proporción de gente mayor.

Pero, ¿a qué se debe esta mayor mortalidad en los meses de invierno que llega a alcanzar un 34% más entre los valores extremos de enero y septiembre?

El frío y sus efectos colaterales, son la causa que el saber popular cree culpable del aumento de las defunciones invernales. En efecto, los estudios demuestran que en el promedio europeo las defunciones son mínimas con temperaturas medias diarias de 17 grados, con incrementos ligeros en los meses de más calor y máximas en los meses de más frío. El agravamiento de la condiciones de salud en los meses invernales obedece a varias causas. Las dos principales son las enfermedades cardiovasculares y las enfermedades respiratorias producidas o agravadas por el frío. (*)

Las trombosis cerebrales y coronarias suponen la mitad de las muertes achacables al frío, que se producen como consecuencia del incremento de la coagulación sanguínea debido las reacciones fisiológicas a las bajas temperaturas y cuyas fatales consecuencias afectan de manera especial a la gente mayor. Las infecciones respiratorias, que suponen la otra mitad aproximada de las muertes invernales, ocurren por una combinación de causas: reducción de ingesta o producción de vitaminas protectoras -A, C y D, inducida ésta por la luz solar- caída de la inmunidad de las vías respiratorias a causa del frío y mayor facilidad en la propagación de las infecciones al pasar más tiempo en lugares cerrados y en contacto más estrecho con personas potencialmente transmisoras.

El calor produce también un aumento de los problemas circulatorios y las trombosis aunque en menor medida que el frío. Este aumento es leve comparado con el del invierno y ni siquiera la mayor frecuencia de enfermedades intestinales achacables a la contaminación bacteriana, típica del calor, puede comparar sus cifras con los efectos mucho más letales que el frío causa en las arterias y en el sistema respiratorio, especialmente porque la mejora de las condiciones higiénicas y sanitarias han reducido los riesgos de salud del verano, a los que se presta una especial atención social, como es el caso de las alertas por olas de calor o el rigor y endurecimiento de las ordenanzas sanitarias y de conservación y manipulación de alimentos.

En contra de lo que opinaba Hipócrates, no es el cambio estacional el que trae problemas de salud, no al menos los problemas más graves. De hecho son justamente los meses de entrada y salida del verano los que representan el mínimo de defunciones. Durante los meses de verano y primavera la tasa de fallecimientos permanece baja en relación de los de otoño e invierno, lo que significa que las “insalubres” condiciones térmicas de los veranos muy cálidos del sur y el este apenas empeoran el número de defunciones, resultando significativo el intervalo de mayo a septiembre . El esquema es el mismo para los fallecimientos de mayores de 65 años, donde puede apreciarse hasta un 26% menos de defunciones en el mes más benéfico, septiembre, respecto al  valor máximo del “fatídico” enero.

El estudio del INE aporta toda una serie de valores tabulados por comunidad autónoma, provincia y municipio relativos a nacimientos, defunciones y matrimonios, cuyo análisis espero pueda aportarnos algún artículo adicional. Todos estos datos provienen del avance del conjunto del año. Los datos definitivos del 2011 se harán públicos en diciembre de 2012.

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(*) Acerca del calor y el frío como causas específicas de fallecimiento, resulta interesante este artículo del Dr. William R. Keatinge.

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7 pensamientos en “Esperanza de vida y mortalidad en España: el benéfico septiembre y el mortífero enero.

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  3. Empecé a recopilar datos para justificar lo del calor pero me encontré con esto. El calor es malo pero parece que aunque poca gente se muere literalmente de frío, lo de estar al fresco es bastante peor. Lo ideal, el entretiempo. Debe ser por eso que siempre me ha gustado el otoño.
    Saludos,

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