La era de los robots

“Ten cuidado porque no tengo miedo y eso me hace poderoso”
Criatura de Frankenstein

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Los robots llevan con nosotros tanto tiempo que contar sus referencias culturales resulta incalculable. Como arquetipo de todas ellas podemos considerar “Yo, robot”  del maestro Asimov, aunque estoy seguro de que todos ustedes recuerdan multitud de historias, películas o personajes protagonizados por fascinantes inteligencias artificiales. Espero que  muchos de los que aparecen aquí les resultarán tan reconocibles como entrañables.

Todos entendemos el término cuando lo vemos, a pesar de su origen eslavo. Robot, etimológicamente, tiene que ver con el trabajo, con el trabajo duro en especial. Los robots pues, son trabajadores, dispositivos o máquinas que llevan a cabo tareas repetitivas, peligrosas, desagradables o imposibles, en algunos casos, para los humanos.

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El despertar de los robots empezó con las técnicas tayloristas de fabricación, en el desarrollo de la segunda fase de la revolución industrial. Cualquier producto manufacturado podía ser descompuesto en una serie de tareas simples. Las cadenas -en más de un sentido- de producción integraban trabajadores que mediante labores sencillas y concretas aumentaban la producción y reducían el coste unitario. En este proceso, sustituir personas por máquinas, era el paso natural.

Hoy existe el consenso sobre una próxima revolución robótica. Se habla de una singularidad por venir, un crecimiento explosivo que representará un cambio tecnológico y social similar a lo que el automóvil, la aviación o las telecomunicaciones supusieron en el siglo XX. Y este cambio no solo lo protagonizarán máquinas de apariencia humanoide.

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Piensen en una mezcla creativa de la internet de las cosas, los smartphones, los sensores ubicuos, la impresión 3D, los drones, la industria 4.0 y Big Data. Un futuro inminente en el que la inteligencia distribuida -inteligencia como capacidad de percibir, recordar y tomar decisiones- estará cada vez menos en nuestros cerebros y más en una cornucopia de pequeños dispositivos interconectados.

Aunque extendidos en la industria del automóvil, los robots aún no son la norma en la mayoría de sectores productivos, ni siquiera en aquellas actividades que por su repetición y sencillez resultan idóneas para su aplicación. Hasta ahora, la razón de esta limitación había sido el coste de oportunidad: la mano de obra en determinados países era abundante y resultaba más barata que invertir en máquinas.

Pero ahora la tecnología ha progresado y las cosas están cambiando deprisa.

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Los robots son la proyección de un sueño o una pesadilla. Por un lado, podemos pensar que serán nuestros sirvientes, que realizarán el trabajo penoso y permitirán mejorar nuestro nivel de vida. Por el otro, el robot representa el arquetipo del poder sin alma ni sentimientos, una voluntad fría e inhumana que podría considerar a sus progenitores biológicos como una molestia a eliminar. Y de algún modo, aunque sea simbólico, así será.

Para empezar, como ocurrió con las anteriores revoluciones industriales, habrá colectivos de trabajadores que sufrirán una competencia imbatible. Muchas corporaciones industriales han empezado a desandar el camino de la deslocalización y vuelven a sus países de origen: aliviadas de los costes laborales, las fábricas robotizadas son más rentables cerca de sus mercados.

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Por contra, los países que habían disfrutado las ventajas competitivas de sus bajos salarios, se verán en apuros y sufrirán una crisis de desindustrialización prematura de sus incipientes -pero extensas- estructuras productivas. China es hoy la fábrica del mundo pero eso podría cambiar pronto.

El cambio afectará también a los sectores primario y de servicios, en especial el comercio, la salud o los servicios personales. Un estudio publicado The Economist encontró que el 47% de los empleos de EEUU estaban amenazados de una manera u otra por la automatización.

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Ese porcentaje asciende al 69% en India y al 77% en China. La cifra alcanza el 85% en muchos países africanos, lo que puede agravar sus problemas de pobreza y subdesarrollo así como el desafío del fenómeno migratorio.

Cabe preguntarse sobre los nuevos espacios de empleo y valor añadido que creará esta nueva forma de producción y organización. Mirar al pasado, a la introducción del vapor, la electricidad o los motores de explosión nos puede dar una pista, quizás ligeramente esperanzadora.

Con la lógica incertidumbre que abre una innovación disruptiva de esta dimensión, el potencial transformador -liberador pero también traumático- de la era de los robots, puede llegar a ser el hecho histórico y cultural más impactante de este siglo.

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@antoleonsan

 

Un extracto de este artículo se publicó en la revista PLAZA del mes de junio de 2016.

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