Prejuicios y expectativas

La ignorancia está menos lejos de la verdad que el prejuicio.
Denis Diderot

Los humanos sabemos que somos animales pero no nos gusta demasiado reconocerlo, así que enseguida declaramos que somos racionales, marcando la diferencia con el resto de seres condenados a no serlo, según el punto de vista humano.

La racionalidad es una de las cuestiones importantes de la ciencia económica ya que pretende explicar el comportamiento de los individuos. Sobre esa base la teoría clásica elabora las leyes económicas, desde la de la oferta y la demanda hasta las decisiones del BCE. La racionalidad se supone objetiva y universal, como la ley de la gravedad o la velocidad de la luz, de manera que elaborar principios en economía debería ser tan posible como en física o astronomía.

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Pero sabemos que no es así, lo experimentamos yendo de rebajas o en las crisis financieras. La psicología y la antropología han explicado suficientemente que nuestro comportamiento obedece a multitud de causas y motivaciones y ni el mismísimo Sheldon Cooper es capaz de actuar siempre de manera lógica y racional.

Una explicación de esta misteriosa pero observable conducta la detalló el profesor Daniel Kahneman en su libro ‘Pensar rápido, pensar despacio’. Kahneman, que es psicólogo pero premio Nobel de Economía, expone que los seres humanos tenemos dos sistemas decisionales, como si fueran dos cerebros paralelos.

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El primero de ellos es básico, rápido y preparado para la acción. Responde bien a los peligros y oportunidades del entorno pero depende de las emociones, sus conclusiones son  simples e instintivas y actúa involuntariamente. Juzga los hechos y las situaciones en base a decisiones ya establecidas (pre-juicios) por experiencia propia o por educación.

El otro sistema, el verdaderamente racional, es consciente, lógico y más certero en su diagnóstico y en sus decisiones. Pero es lento y en comparación con el primero supone un coste de tiempo y energía, así que la ley del mínimo esfuerzo juega en su contra haciendo que solo se use en las menos de las ocasiones.

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El planteamiento de Kahneman sirve para explicar por qué los consumidores, los inversores y el resto de agentes económicos actúan como lo hacen, de acuerdo a reglas en muchas ocasiones ilógicas o contradictorias. Instinto y prejuicio nos condicionan pero facilitan la vida, nos han permitido progresar a lo largo del tiempo pero nos apartan de la verdad.

El prejuicio no está solo. La expectativa -la esperanza de que algo ocurra- actúa en íntima combinación con el prejuicio. Esperamos un resultado de nuestras decisiones tanto si responden al sistema 1 o 2 de pensamiento. La diferencia es que al utilizar el primero, la expectativa resulta tan inconsciente como rápida y al requerir poco esfuerzo, suele ser la preferida. Y es más fuerte, porque conecta con lo emocional.

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Este análisis le valió a Kahneman el Nobel al identificar el comportamiento del consumidor y los fundamentos del sistema económico y es fácil extrapolar del consumo de la economía al consumo de la política. Así que el análisis de los dos sistemas de pensamiento aclara parte de lo ocurrido en las últimas elecciones de diciembre y junio o en el referéndum sobre el Brexit o sobre el acuerdo de paz en Colombia.

Por un lado los prejuicios previos, los de aquellos electores con su voto decidido por su identificación, su pasado o su formación. De otro las expectativas: el miedo al cambio o a la pobreza, el miedo a perder privilegios o derechos, el temor a la injusticia, el miedo a que manden los otros o a que se desmanden los míos…

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Sí, el miedo, el gran condicionador de la mayoría de los prejuicios y por eso activador del primer sistema, más inmediato y reactivo que el sistema racional, que suele activarse por refuerzos positivos .

Una ironía sobre el equilibrio neoclásico atribuida a Galbraith, afirma que “en economía, la mayoría siempre se equivoca”. Podemos pensar que, con mucha frecuencia, en política también: somos humanos.

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Un extracto de este artículo fue publicado en el número de Agosto de la revista PLAZA.

3 pensamientos en “Prejuicios y expectativas

  1. Sí amigo Antonio, yo diría que el ser humano toma decisiones emocionales-irracionales fundamentalmente y que, posteriormente, dedica su intelecto a vestir de racionales alcanzando gran maestría en su argumentación, de hecho hay algunos que acaban creyéndose su propia explicación falaz. Estos son los más peligrosos…

    • El pensamiento rápido (más simple que irracional) tiene por objeto lidiar con lo necesario e inmediato, cuando la única forma de sobrevivir es la celeridad. Fucionó en un mundo lleno de peligros e incertidumbres. Cada vez más, la inteligencia externa a lo humano debería permitirnos un margen, que aunque sea pequeño sea creciente, de poder pensar en lo mejor, con todas sus consecuencias. Un “rincón de pensar” que sirviera para tomar decisiones que aunque pudieran estar equivocadas, al menos tuvieran más probabilidades de no estarlo.
      Un abrazo,

  2. No creo que debamos culpar a la materia cerebral lo que es responsabilidad de la mente. Las decisiones en materia de economía o de política no se toman en fracciones de segundo, sino que tienen el suficiente tiempo como para que la información pueda darle mil vueltas al córtex.

    La culpa me parece mucho más achacable a la voluntad deliberada de no pensar, de no usar la inteligencia..

    La cita de Diderot sobre el prejuicio me parece, en este aspecto, muy significativa. Me gustaría completarla con esta de José Antonio Marina:

    “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña a negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado”.

    Aunque cuando hablamos de economía o de política, los intereses personales “tienen sus razones que la razón desconoce”.

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