La precaria clase media

Existe la creencia generalizada de que la clase media está en peligro. Se piensa que la crisis la ha empobrecido y mermado sus filas, lo que lleva a un peligroso adelgazamiento del fulcro de la estabilidad económica y política de la sociedad. Pero ¿de qué hablamos cuando decimos “clase media”?

Permítanme que aclare las cosas desde el principio. La clase media no existe y en realidad no ha existido nunca. La media es una posición central estadística, por frecuencia u ordenación, en la distribución de una muestra. Tiene un valor aritmético exacto y sirve para conocer muchas cosas, pero no para entender la sociedad: un pollo quemado por un lado y crudo por el otro, de media, está en su punto.

En el pasado existían tres estamentos: la nobleza, el clero y los representantes de las ciudades, los burgueses. Esto venía de antiguo y el esquema de estas tres clases se puede reconocer con toda claridad en las piezas del ajedrez. La agregación del cuarto estado, el pueblo -los peones- más el injusto desequilibrio social del antiguo régimen, dió origen a una era turbulenta de revoluciones y a la eclosión del estado liberal moderno que hoy defendemos en occidente.

 

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Una clase social no es la posición que se ocupa en una lista ordenada de ingresos, sino que responde al papel que un colectivo con características e intereses comunes tiene en la sociedad. Especialmente el rol relacionado con la posesión de los bienes y las relaciones sociales establecidas según la manera de ganarse la vida. Quién es el armador de un barco, quién su capitán y quién friega la cubierta, si me admiten esta simple pero explicativa figura retórica.

A lo largo de la historia y en función de los recursos disponibles y del estado de la tecnología de cada época, el modo de producción ha determinado lo que se producía, cómo se producía y sobre todo, cómo se repartía lo producido.

Los modos de producción anteriores al s.XIX, eran básicamente agrícolas y extractivos, con una clara distinción entre propietarios y no propietarios, con la adición de la nobleza, el clero, comerciantes y artesanos. La revolución industrial trajo las fábricas y la clase obrera y se multiplicaron otros empleos de servicios que componían el complejo social de la época que era ya casi la nuestra.

 

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Marx definió la lucha de clases como el motor de la historia, pero este motor fue sustituido a mitad del siglo XX en Europa por otro más moderno y eficiente que evitaba el conflicto y beneficiaba a todos. El mecanismo de este nuevo sistema se basaba en que la clase trabajadora tomara una parte más grande del pastel y así aumentara su capacidad de comprar cosas. Para satisfacer esta demanda, la producción de las empresas creció y por tanto sus  beneficios e inversiones, lo que generó un círculo virtuoso de prosperidad: los que compraban eran más y con mayor capacidad de compra y los que vendían, generaban mayor volumen de negocio y más beneficios.

En el reino del producto-consumo, el mago blanco Keynes resultó vencedor y la economía floreció al tiempo que los cambios en la tecnología y el comercio proporcionaban mayores incrementos de riqueza para todos. Un espejismo que hizo creer a los asalariados que no eran la parte inferior de la sociedad. No eran ricos ni pobres, tenían coche e hipoteca, eran clase media.

Pero la crisis, como todas las crisis, vino a revelar la verdad y esa era que el emperador no iba vestido. En la era postindustrial y digital, la base de todo volvía a ser la misma vieja cuestión de quién decidía cómo cazar el mamut y, sobre todo, cómo repartirlo. En forma de impuestos y deducciones, preferentes o recortes.

 

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La víctima de la crisis financiera causada por la especulación financiera fue la economía productiva y el modelo de crecimiento virtuoso se puso patas arriba. Y el statu quo inventó palabras para disimular el conflicto social que regresa: autoempleo en vez de paro, economía colaborativa por economía sumergida, oportunidades en el exterior y no emigración forzosa.

Quizás es el momento de dejar de hablar de una clase media que nunca existió y de ser conscientes de la clase social más amplia: el precariado. Esa a la que pertenecen, entre otros, los desempleados, los jóvenes contratados por horas, los autónomos a la fuerza o los asalariados en permanente estado de amenaza laboral.

 

*** Dibujos del genial dibujante, humorista y sabio  Joaquín Salvador Lavado Tejón “QUINO”.

 

 

Extracto del artículo publicado en el número de febrero de 2016 de la revista PLAZA.

Más contenidos sobre clases sociales en el artículo ¿Clases sociales? En Gran Bretaña han encontrado 7, en este mismo blog.

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El contrapoder

“Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria” (Tercera Ley de Newton)

 

John Kenneth Galbraith (1908-2006) fue un destacado economista y divulgador que concentró su atención en las consecuencias sociales de la política económica y cómo la puesta en práctica de esa política repercute en la vida de las personas. Bien conocido por sus libros y presencia mediática, sus ideas siguen de algún modo de actualidad a través de Joseph Stiglitz o Paul Krugman.

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De espíritu crítico y didáctico, profesor en Harvard desde 1949 y colaborador de las administraciones demócratas desde Roosevelt hasta Clinton. Sus obras más famosas describieron el capitalismo americano de la segunda mitad del siglo XX, donde advirtió de la amenaza del “complejo militar industrial”.

Su obra más conocida, “El crack del 29”, analiza con un estilo lúcido e irónico las circunstancias de la gran depresión. Iconoclasta contra el pensamiento económico conservador que respalda al poder financiero, sus reflexiones nunca resultaron indiferentes. Como comentó en referencia al sistema financiero: «El proceso mediante el cual los bancos crean dinero, es tan simple, que la mente lo rechaza». Su última obra es un testamento clarividente: “La economía del fraude inocente“.

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La tesis central de Galbraith es que el sistema económico es incapaz de recrear las condiciones ideales con las que los economistas habían descrito el funcionamiento teórico de la economía y la asignación óptima de recursos. La teoría falla en la práctica como consecuencia de la existencia de poderes económicos con capacidad de decidir las propias condiciones del mercado. El oligopolio, cuando no el monopolio, es la norma, no la excepción.

Pero donde arrecia el peligro, crece lo que nos salva“, dice el conocido verso del poeta Hölderlin. Así el profesor Galbraith describió como, dentro del propio capitalismo maduro, de corporaciones globales, se desarrollan también poderes compensadores; como un principio activo de acción y reacción a escala social. Los individuos perjudicados o excluidos adquieren conciencia de ese perjuicio, de esa desigualdad que les afecta negativamente y se agrupan.

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Este es básicamente el núcleo del gran concepto que Galbraith legó al pensamiento económico y social: el poder compensador. La clave de la democracia y de una sociedad económicamente avanzada. Asociaciones sindicales, de empresarios, de consumidores o usuarios, de pequeños comercios, de artesanos, de defensores del medio ambiente, de pensionistas, de afectados…

También el estado y las administraciones son un poder compensador efectivo cuando son instrumento al servicio de los ciudadanos en garantía y defensa de las libertades individuales y la justicia social. El papel del estado no es el de mayordomo o capataz de los grandes poderes económicos sino que, en una sociedad desarrollada y democrática, debería hacer verdad aquello de “el poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” y dirigir sus instituciones para cumplir con estos principios.

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La idea del poder compensador aparece en otra escala social y económica, no en vano incorpora una evidente carga cultural y antropológica. Galbraith insistió en la necesidad de que se favorezca a las agrupaciones de emprendedores económicos y sociales. Asociaciones que configuran una red de protección ante los abusos de un poder económico asimétrico.

En el ámbito interno de las empresas y del marketing, el poder compensador es también una necesidad y una oportunidad de negocio. En la era de internet la fuerza de los compradores es incontestable, una realidad donde los prescriptores prosperan y los consumidores comparan precios y condiciones y acceden libremente a información sobre productos y marcas. El cliente consciente tiene un enorme poder comercial y los vendedores que pretendan obviar ese poder tendrán problemas.

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Y por supuesto, un poder compensador por excelencia, el cuarto poder: unos medios de comunicación libres e independientes, capaces de garantizar que los ciudadanos y el sistema en su conjunto puedan aspirar a buscar su equilibrio.

 

“Amar y proteger a las personas y al pueblo, hacer reinar la justicia y velar porque los grandes no opriman a los pequeños.”      Testamento de Jaume I, rey de Aragón (1208-1276)

 

Extracto del artículo publicado en la revista PLAZA del mes de octubre de 2015.

Puede consultar en este enlace un artículo extendido sobre este mismo tema: “El poder compensador“.

 

La demanda paradójica

Una de las leyes económicas más conocidas es la de la oferta y la demanda. Incluso en las sociedades donde se discute su existencia, cimenta el conjunto de las reglas sociales y es uno de los mecanismos básicos del comportamiento humano. Esta fundamental “ley del mercado” se enuncia de manera tan sencilla como se percibe: allí donde crezca la demanda de algo, el precio de ese algo se elevará; y lo contrario para la oferta.

Por simetría, subidas o bajadas de precios determinarán menores o mayores demandas y resultará más o menos atractivo vender por la razón contraria. De este modo, la oferta y la demanda se acaban encontrando en un punto de equilibrio, el precio de mercado.

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No hay ningún misterio en este proceso y todos sabemos que el comprador busca comprar cuanto más barato mejor, mientras el vendedor intenta aumentar su margen vendiendo al mayor precio posible.

Sin embargo, existe una clase de bienes que no sigue este proceder y que se comporta exactamente al revés. Se trata de los bienes Veblen, llamados así por el economista Thorstein Veblen, que los estudió y que teorizó sobre ellos. Un bien Veblen es aquel que se demanda más cuanto más sube su precio y menos cuando éste baja.

Este comportamiento paradójico atenta contra el axioma básico de la economía que veíamos al principio y hace dudar de la universalidad de las leyes del mercado. Y esto nos lleva automáticamente a la gran pregunta sobre sistema basado en el flujo de producción y consumo: ¿por qué compra la gente?

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La explicación clásica es que la gente compra porque obtiene una utilidad de los bienes o servicios que consume. Esta utilidad viene limitada por la cantidad y sobre todo por el precio. Entonces, ¿por qué los consumidores compran ciertas cosas cuanto más alto es el precio? Esto no lo explica la economía sino la psicología y la antropología.

Comprar no solo cumple una función necesaria para el consumo básico sino que responde a la satisfacción de un conjunto de deseos muy amplio que a nivel individual incluye la supervivencia, la salud, el placer, la felicidad, el confort o la inmortalidad. Pero el ser humano es un animal social y el individuo necesita también valores y símbolos que le aporten estatus y significado dentro de esa sociedad.

Los bienes Veblen ­que no se corresponden necesariamente con los bienes de lujo­ son la bandera del éxito que enarbolan sus compradores, el signo de notoriedad que les permite marcar diferencias y ganar respetabilidad, distinción y poder social. Gabrielle Coco Chanel, que de esto sabía bastante, lo definió perfectamente: “El lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad”.

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Se puede pensar que un bien Veblen es algo extraño, una curiosidad estadística desdeñable.

Pues no, todo lo contrario. En cualquier semáforo transitado de una gran ciudad europea, por ejemplo, podrá percibir a su alrededor abundantes bienes Veblen en forma de automóviles, normalmente de marca alemana y precio desorbitado.

No sólo no son una rareza estadística, verá que son muy abundantes y que además son ampliamente deseados. Una oportunidad que explotan las empresas que entienden dónde está el margen y donde el tirón de una demanda que cuanto más paradójica es, más rentable resulta.

En periodos de crisis y pérdida de renta los bienes de mercado “normales” registran caídas en sus ventas pero los bienes Veblen conocen ascensos. Ya saben que desde el inicio de la crisis el número de ricos ha aumentado y en consecuencia la desigualdad, se mida como se mida. Los ricos cada vez son más ricos y la diferencia con los no ricos se hace mayor. Es el terreno abonado para la adquisición de bienes que garantizan que esa desigualdad se reconozca socialmente.

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La mayoría de la población recurre necesariamente a las marcas blancas y el mercadillo pero para la clase pudiente es tiempo de incrementar las compras de vehículos de gama alta, de exclusivos artículos de decoración, de lujosas marcas de ropa y complementos, de conversión de la alimentación básica en sofisticación gourmet y de artículos premium de todo tipo que son más demandados cuanto mayor precio tienen.

Observamos una sorprendente paradoja: es como si en la economía de mercado real quienes más provecho obtienen de ella, menos dispuestos están en la práctica a cumplir sus leyes. Cuando en los medios de comunicación vemos a diario grandes escándalos de dirigentes, políticos y empresarios que se han saltado olímpicamente la legislación penal no debería realmente extrañarnos que no se saltaran lo que no es sino unos axiomas teóricos bastante discutibles.

Luchando aún por salir de la crisis económica, no deberíamos olvidar los años de vino y rosas en que los especuladores se burlaban de quienes invertían en producir y emprender por su baja tasa de retorno a corto plazo.

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Veblen, por cierto, atribuía la demanda de estos bienes paradójicos a la existencia de una clase “ociosa” que, en vez de invertir de manera productiva, dedicaba la plusvalía al consumo de artículos suntuarios.

Llamativo que la gran mayoría de estos productos provengan de esa rica Europa germánica y de moral calvinista que tanta contención y austeridad exige a la pobre Europa periférica del sur.

Un extracto de este artículo fue publicado en el número de agosto de la revista PLAZA

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La economía como prejuicio cultural

“Los prejuicios son la razón de los tontos”
Voltaire

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La ciencia económica se ha debatido siempre en el conflicto de una lucha identitaria. ¿Se trata de una ciencia o solo de elucubraciones alejadas de la realidad?, ¿podemos enumerar verdaderas leyes universales en economía o lo que consideramos conocimiento económico es sencillamente un conjunto de obviedades y recetas de discutibles efectos prácticos?

Para un observador neutral su aspecto formal sí que parece indicar que que se trata de una ciencia: en efecto, tiene sus paradigmas, su aparato matemático, su respaldo estadístico… hasta su premio Nobel. Claro que también hay un premio Nobel para escritores e incluso uno para la Paz, asuntos estos poco científicos.

 La gente confía en general en la ciencia, incluso los más recalcitrantes creyentes, porque describe adecuadamente como suceden las cosas, soluciona problemas concretos y construye productos y procesos que funcionan. Algo que la economía no parece poder hacer de manera efectiva, como demuestran los desequilibrios y las crisis cíclicas que asolan nuestras sociedades desde que se recuerda. 

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La economía, como las otras ciencias sociales, no puede realizar experimentos controlados como la química o la física, de manera que sus tesis, carecen de un respaldo universal a prueba de dudas, deslizándose fácilmente del campo de las verdades al de las opiniones. Pese a esto, la gente de la calle piensa, o mejor intuye, que sí que existen ciertas reglas y procesos económicos evidentes y predictibles y que la economía funciona… a pesar de los economistas. 

La raíz de todo es que la economía y las otras ciencias sociales son disciplinas que miran al hombre y solemos ser un mal espejo de nosotros mismos. Apenas vemos reflejados los problemas que nos aquejan, solo sus efectos distorsionados en nuestra cuenta corriente o en nuestro rostro y esto a duras penas si es a primera hora de la mañana.

Un conocimiento del hombre realizado por el hombre, difícilmente puede escapar de una visión tan subjetiva como potencialmente miope. El antiguo “Conócete a tí mismo” sigue siendo más un deseo del sabio que una realidad de las personas corrientes.

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Pero tenemos una clave para entender esto y casi todo lo demás: el hombre es un animal cultural. Si eliminamos el factor cultural quedaría poco de humanidad en un primate desnudo, como advertía Desmond Morris. La cultura se construye de símbolos y de pequeños o grandes conocimientos que se van acumulando en el acervo común a lo largo de la historia colectiva. Y el ser humano conoce y trabaja el mundo precisamente mediante esos símbolos y esa cultura, de ahí esa distorsionada percepción.

Es importante tener en cuenta que estos conocimientos no tienen por qué responder a la verdad -a su identidad real- pero sí ser coherentes con un sistema cultural determinado, sistema que, normalmente, lo acepta casi todo en una curiosa y a menudo contradictoria amalgama. La realidad crea y modela la cultura que a su vez modifica y recrea la realidad.

Pero cuidado: la cultura no existe en ningún limbo o una hipotética conciencia colectiva. La cultura, sus conocimientos y sus símbolos, vive y se manifiesta en las mentes de cada una de las personas. Es un fenómeno colectivo pero “individualmente” colectivo, nunca externo al individuo.

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Esta reconocida naturaleza cultural del hombre  -esto es, simbólica- no suele trasladarse al ámbito del conocimiento económico, quizás porque su carga de subjetividad podría restarle carácter científico. Por eso resulta raro pensar que la economía es una manifestación cultural más, sencillamente porque nunca lo consideramos así, pero a poco que lo pensemos, la actividad humana que es lo que estudia la economía, está más cerca de la antropología y de la cultura, que del cálculo y el álgebra. La actividad productiva y comercial se basa en determinados axiomas clave de absoluto origen cultural, como prejuicios incorporados al pensamiento al margen de razonamiento o demostración.

La economía es una cuestión fundamental en la estructura de cualquier sociedad, porque determina qué y cómo se produce para sobrevivir, quien lo produce y cómo se reparte y eso requiere que determinadas cosas estén tan claras y tan al margen de discusión, como un dogma para una religión. Por eso, desde el pensamiento dominante, se pretende que los dogmas de la economía sean igualmente indiscutibles.

Por ejemplo, se da por hecho que que la gestión privada de cualquier servicio público es siempre económicamente más eficiente que la gestión pública, pero en realidad esta idea -o su contraria- se trata de una suposición que no ha sido demostrada nunca de manera fehaciente, ni siquiera en términos generales y sin embargo hay evidencias constantes de que, independientemente de la naturaleza jurídica de sus titulares, hay servicios públicos bien gestionados y otros que no, al igual que ocurre con los servicios privados.

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La existencia de condiciones de competencia podría explicar que el ámbito privado tiende a reparar las posibles ineficiencias, premiando y castigando mediante mecanismos de mercado -cosa que no puede ocurrir en el ámbito público- pero este argumento ignora completamente que la competencia está lejos de suceder realmente en la mayoría de los sectores productivos o de servicios y que incluso donde se dan circunstancias favorables para la competencia, ésta no se da realmente en condiciones de suficiente garantía (1).

Muchos de los servicios públicos privatizados bajo concesión demuestran que la convivencia de axiomas contrarios -a menudo uniendo lo peor de ambos mundos (2)- está tan extendida como la imposibilidad de encontrar condiciones teóricas en la realidad.

 En esta misma línea, no hace demasiado tiempo que alguien tan poco sospechoso de heterodoxia en los principios económicos como el presidente de la mayor patronal española (3), solicitó del gobierno la suspensión temporal de las leyes de mercado, algo que para un entendido como le suponíamos a él y tan entregado a la causa del capitalismo y la libre empresa, sería tanto como solicitar la suspensión de la ley de la gravedad.

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 Si no tenemos simpatías por Robin Hood, el hecho de quitar a los ricos para dar a los pobres nos parece inequívocamente un delito, disfrazado además de engaño. Sin embargo quitar a los pobres para dárselo a los ricos, como en el caso de las estafas reales en la colocación de preferentes por algunas cajas de ahorro españolas y la autoconcesión por sus directivos y administradores de espectaculares pensiones de retiro o de tarjetas de crédito opacas es visto por el pensamiento dominante de manera más tolerante, un defecto moral como mucho, algo execrable (4) como lo definió el propio ministro de Hacienda.

 Tenemos paraísos fiscales en el corazón de una Europa que no consiente ni un segundo de descuido fiscal en su periferia y una política dominante dirigida por el gobierno alemán y el Bundesbank que parecen sufrir una aversión enfermiza por la inflación pero a los que no parece molestarle que en esa misma Europa que capitanean, existan tasas de desempleo o de miseria muy por encima de lo aceptable y que la crisis de austeridad haya profundizado una década de creciente miseria.

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Es también sin duda un prejuicio priorizar determinadas condiciones políticas y legales respecto a la economía y al mismo tiempo poner a la cola de esas prioridades el bienestar de las personas y sus condiciones de vida, que son en definitiva la única razón por la que deberían existir esas condiciones políticas y legales, al menos en una supuesta democracia.

Las mismas creencias que hacen del derecho al secreto bancario suizo una barrera más alta que la de los Alpes, mientras que, al mismo tiempo, los gobiernos europeos no dudan en declarar que habrá que sacrificar derechos fundamentales en materia de libertad para obtener algo de seguridad relativa, en alguna parte y algún momento. Como la que obtienen las ovejas respecto a los lobos, para beneficio exclusivo de los pastores.

En fin, los ejemplos reveladores de prejuicios en política económica son tan generalizadas en estos tiempos, que citarlos parece innecesario: hay demasiados y todos los conocemos demasiado.

 Los prejuicios que rigen el pensamiento económico y nuestra sociedad no son necesariamente los que consiguen un óptimo, ni económico ni de ninguna clase. Son la resultante de una evolución cultural más un choque de intereses entre individuos y grupos sociales, mejor o peor resueltos. En economía solo existe el óptimo en la teoría. En cada modelo teórico, para decirlo con más exactitud. Y las teorías están más allá de la realidad, contenidas por muros hechos de consistentes e interesados prejuicios.

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Escribía recientemente Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía: “El caos actual (referido a la crisis económica europea) proviene en parte de la adhesión a una creencia que ha sido desacreditada desde hace ya mucho tiempo: que los mercados funcionan bien y que no tienen fallos de información y competencia.” (5)

 En efecto, una cosa es la teoría y otra la realidad. Podríamos decir que la teoría económica es a la economía realmente existente lo mismo que una partida de ajedrez a una batalla: no es habitual disparar en una partida de ajedrez, donde tampoco suelen hacer acto de aparición ni la muerte ni el horror, de modo que la similitud queda reducida a un plano abstracto y simbólico. Igual que la economía.

Por eso seguramente los economistas clásicos, interesados por los problemas reales, hablaban de economía política, pues querían unir ambas cosas, análisis y acción, ya que no las entendían separadas. Algo que el tiempo y la evolución de los términos llevó a reducir a una sola palabra.

Y claro nos debe quedar a todos, siempre, que la economía (política) como síntesis de teoría y realidad no es otra cosa que una cuestión de elección entre prejuicios. Prejuicios no neutrales que benefician a algunos y perjudican a otros, generalmente la mayoría. Y luego, y en función de ellos y a su servicio, ya vendrán el álgebra y la econometría.

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“Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando no lo son, son más poderosas que lo que es comúnmente entendido. De hecho el mundo está regido por poco más. Los hombres prácticos, que se creen totalmente exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente los esclavos de algún difunto economista”.

John Maynard Keynes

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1.- En realidad, la competencia perfecta significa beneficios cero, como sabe cualquier estudiante de primero de economía, lo que significa que en condiciones de competencia perfecta la actividad empresarial privada sería imposible ya que a más competidores, menores márgenes. El beneficio que obtiene el emprendedor -la “renta cuasi monopólica” como la definió  Joseph Schumpeter- exige de éste ser un innovador y por tanto un rara avis en el sector, producto o servicio que comercializa, el creador de un espacio de nuevas posibilidades de negocio donde su beneficio es justamente la remuneración por esa creación de nuevo territorio económico y comercial. La ganancia es directamente proporcional a la demanda y a la carencia de competencia y esa es la razón por la que las empresas tratan siempre de excluir o limitar su competidores en un mercado dado, aunque sea de manera temporal. El monopolio o, si no hay más remedio, el oligopolio son la situación ideal de una actividad empresarial exitosa. Cualquier burbuja especulativa muestra con total crudeza como el momento en que se masifica la oferta en un determinado sector o producto, este colapsa al reducirse su margen a cero.

2.- Como anécdota, aunque de plena y dolorosa actualidad (enero 2015), pueden leer el caso del medicamento Sovaldi en el excelente blog de divulgación científica “La ciencia y sus demonios” .

3.- Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE entre 2007 y 2010, no solo solicitó suspender temporalmente las leyes del mercado sino que en opinión del juez, también decidió violar algunas otras leyes en vigor. En el momento de escribir este artículo todavía está en prisión desde diciembre de 2012, condenado por alzamiento de bienes, blanqueo de dinero y fraude fiscal. Su declaración textual fue: “Creo en la libertad de mercado, pero en la vida hay coyunturas excepcionales. Se puede hacer un paréntesis en la economía de libre mercado”. El mismo día de la quiebra de la aerolínea Air Comet, compañía que presidía y la suspensión de sus vuelos a pesar de mantener abierto el sistema de venta de billetes, manifestó: “Yo no hubiera elegido Air Comet para volar a ningún sitio”.

4.- Es interesante analizar el calificativo para documentar este prejuicio. El término execrable, viene de una palabra latina relacionada con la religión. Execrar es maldecir o condenar con autoridad sacerdotal o en nombre de cosas sagradas. Es algo relacionado, por tanto, con la moral y las creencias religiosas y no con el daño material a otros, las leyes o la justicia. Algo execrable puede ser perfectamente legal, como en el caso comentado.

5.- http://economia.elpais.com/economia/2015/01/16/actualidad/1421411279_895475.html

El error de Mercadona

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“Cuando un hombre piensa a lo grande se equivoca a lo grande.”
Martin Heidegger

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El método del caso, especialmente el de las empresas de éxito, sigue siendo uno de los sistemas de información y de aprendizaje más importantes en el ámbito empresarial. Se aprende directamente de la realidad que, convenientemente descrita y analizada, se convierte en un manual de uso veraz y en un laboratorio de pruebas asequible al mismo tiempo. Aunque a menudo se obvian las experiencias de no-éxito (que a la luz de los expertos enseñan incluso más) las experiencias de otros, más valiosas cuanto más próximas y recientes, suponen una riqueza de conocimiento equivalente al oro. Es la forma tradicional humana de aprender, la que se basa en contar y escuchar historias.

Una de los casos de empresas más referidos de los últimos años como modelo de gestión y de negocio, es el de Mercadona, una empresa que, por diferentes razones, ya ha sido citada en este blog en más de una ocasión. Mercadona, para quien no la conozca fuera de España, es una empresa de supermercados basada en la alimentación y productos para el hogar, con tiendas de tamaño pequeño a mediano y fuerte implantación popular.

Mercadona es a la fecha (2013) la primera empresa de retail de España, por delante de El Corte Inglés. Ocupa el puesto 44 a nivel mundial en el último estudio Global Powers of Retailing 2013 que realiza la consultora Deloitte. Su facturación anual relativa respecto a los 3 primeros de la clasificación (Walmart, Carrefour y Tesco) supone el 5%, el 20% y el 23% respectivamente.

Si lo dividimos por el número de países en operación, Mercadona los adelantaría, suponiendo casi un 40% más que Walmart, tres veces Tesco y casi 7 veces Carrefour. Todo lo cual tiene un mérito especial ya que Mercadona, aparte de operar en un solo país, España, concentra su venta en alimentación y productos para el hogar excluyendo mobiliario, electrodomésticos, electrónica y habitat, entre otros.

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Su red de tiendas dispone de 1.411 establecimientos -55 más en 2012- que suponen casi el 14% de la superficie total de distribución en España. Tiene en plantilla a 74.000 trabajadores fijos -4.000 nuevos en 2012- y a través de empresas proveedoras repercute aproximadamente un total inducido de 400.000 empleos. Su facturación en 2012 alcanzó los 19.077 millones de euros, un 7% más que en 2011. Y todo esto en plena crisis económica que golpea con especial fuerza al consumo (1).

El origen de Mercadona, que ya comenté en artículos anteriores, proviene de un negocio tradicional de carnicería que regentaba el padre de su actual propietario, Juan Roig. El negocio fue creciendo incluyendo otros productos de alimentación hasta que eclosionó en forma de supermercado y posteriormente en una cadena de tiendas enfocadas al comercio urbano de proximidad, un negocio que desde entonces no ha dejado de crecer.

Una de las razones de que el modelo Mercadona represente uno de los mejores y más estudiados casos de éxito es la de conocer cómo evolucionó favorablemente este negocio tradicional, en un sector con una alta competencia por parte de multinacionales y grandes empresas, en un periodo en que las tiendas de comestibles tradicionales de barrio entraban en crisis y desaparecían (2).

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El éxito de Mercadona empieza a plasmarse a partir de un cambio decisivo en la forma de negocio, que consistió en una reducción radical de costes y en una mejora continua en la gestión del producto. Se impuso el código de barras y el envasado progresivo de todos sus productos siendo en esos años la empresa líder en la adopción de un sistema de comprar muy diferente respecto al negocio tradicional. Las cajas se agilizaron al utilizar el código de barras permitiendo un volumen mucho mayor de compradores, reduciendo el tiempo de manipulación y ajustando el número de empleados por establecimiento.

Por otro lado, se desarrolló un sistema de marcas genéricas propias (Hacendado, Bosque verde, Deliplus…) que tuvo una gran acogida entre los consumidores y se gestó el sistema de interproveedores, donde la relación entre el distribuidor y proveedor avanzó un paso en integración y cooperación, permitiendo tanto una reducción adicional de costes directos como una mayor eficiencia en la gestión.

El sistema, que agrupa en la actualidad a más de 100 interproveedores y más de 2.000 proveedores comerciales y de servicios, alcanza a un total de 20.000 pequeñas y medianas empresas productoras de materias primas y colaboradoras, sistema desarrollado sobre el primigenio conjunto de productos envasados y marcados.

Al calor de la apertura de nuevas tiendas y en las ya abiertas tiempo atrás, se vino produciendo un fenómeno visible. Otros establecimientos de alimentación, algunos aparentemente complementarios otros coincidentes, se abrían en los alrededores. Abundaban sobre todo fruterías, pero también verdulerías, pescaderías, carnicerías, perfumerías.

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Dos razones principales se daban para este fenómeno. La primera era la declarativa por parte de compradores que al salir de Mercadona frecuentaban estas tiendas, alegando que no les gustaba la calidad de determinados productos frescos de Mercadona. A la calidad se sumaba la disponibilidad como la segunda causa principal de descontento. La capacidad de elección quedaba restringida por esa estrategia  comentada de que todos los productos estuvieran envasados para facilitar su gestión a lo largo del proceso comercial.

La calidad de un producto es discutible especialmente cuando por referencia relativa, se visita el comercio “parásito” ubicado cerca de la tienda principal, pero es evidente que aumenta la oferta disponible, sobre todo porque otra de las quejas tradicionales del comprador de Mercadona es la reducida capacidad de elección por falta de marcas o proveedores. El otro factor, la posibilidad de elegir producto y cantidades, se detectaba quizás como un corolario de esto.

La paradoja de que un negocio salido de una carnicería ya no tuviera una dependencia de carne dentro de la misma tienda se comenzó a rectificar, al principio de manera limitada, hace menos de siete años solamente y de hecho, no ha llegado a todas las tiendas. Y desde hace un año, se volvió a que las secciones de verduras y frutas tuvieran el mismo aspecto que los comercios crecidos alrededor de las tiendas.

Con ocasión del congreso de la asociación de fabricantes y distribuidores de productos de consumo AECOC el pasado 23 de octubre, el presidente y propietario de Mercadona Juan Roig entonó el mea culpa reconociendo algunos errores en la estrategia de su empresa y en especial sus problemas para entender el modelo de comercialización de productos frescos (3).

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Según Juan Roig: “la apuesta de la compañía por vender frescos como si fueran secos ha sido uno de los errores más grandes de la firma; lo que para mucha gente era obvio a la firma le ha costado 30 años darse cuenta”. La principal apuesta actual es retomar la oferta de fresco en verduras y frutas para inmediatamente recuperar “el corte y el cuchillo”: volverá el mostrador de carnicería, no solo el dispensador actual de carne preparada y se generalizará el mostrador de pescadería al detalle.

El presidente Roig definió otros dos grandes principios que han de cumplirse por parte de la empresa, principios actuales y comunes a otras grandes multinacionales como Ikea, por ejemplo: la sostenibilidad, que en el caso de Mercadona su presidente entiende que ha de lograrse “por la vía de la productividad“, el segundo principio fundamental.

 Resulta sorprendente, incluso ligeramente provocador, hablar de errores después de leer las cifras espectaculares que presenta la empresa, especialmente en tiempos de cierres continuados de empresas y caídas en el consumo. Podemos entender que esta confesión obedece a una filosofía de negocio que se encamina al éxito porque considera que siempre hay que mejorar -sustancialmente- la manera en que se hacen las cosas.
El presidente Roig reconoce su error y cree haber puesto en marcha la solución. Pero en este diagnóstico hay una mezcla de humildad y soberbia que solo el tiempo dirá si formó un buen equilibrio. El análisis puede ser correcto, pero el remedio no totalmente exacto.
plano de la plaza del Mercado

Que aparezcan nuevos negocios, algunos marginales, otros importantes, alrededor de un centro de compra es algo clásico. Más aún, lógico y necesario. Ocurre siempre que se genera un mercado y crece, ocurre en las inmediaciones de los cruces de caminos, en los mercados centrales tradicionales, en los centros comerciales y los Shopping malls.

Está en el origen de las ciudades, de los espacios comerciales primarios y de los sofisticados, ocurría en la edad media y en las “millas de oro” de los grandes centros urbanos contemporáneos.

De alguna forma podemos decir que el hecho de que aparezcan negocios cerca del negocio central es una prueba del éxito de ese comercio nuclear y del corolario inverso si esa proliferación de comercios marginales no se produce. Se crean economías de escala y un efecto concentración que beneficia tanto a vendedores como a compradores, al disminuir los costes de gestión, información y transacción.

Por tanto, las pérdidas que puede experimentar Mercadona de la mano de esos negocios acompañantes podrían no ser tales. Incluso, paradójicamente, pueden favorecer la asistencia de clientes. Como la simbiosis mutuamente beneficiosa que se crea entre los peces piloto y los tiburones a los que acompañan.

Porque los compradores que no encuentran en sus tiendas determinados productos o la forma concreta de compra de esos productos, quizás no disminuyan la cifra de ventas del negocio principal en beneficio de las otras tiendas “piloto”, resultando al final que la suma de las partes sea mayor que el todo.

Parada_Mercado_Central_de_Valencia

Incluso en la incertidumbre de no saber cual será el saldo final, seguramente no sea tan grave perder unas migajas como el hecho de renunciar a una forma de ser y trabajar que objetivamente sí que ha sido un éxito. En la medida que Mercadona pierda su carácter diferenciado y se parezca a lo que hacen los otros, su margen para competir se reducirá.

Deberá insistir más en precios bajos -ahora que ya parece olvidada su antigua filosofía SPB= Siempre Precios Bajos- y en disponer de un catálogo de productos muy amplio, algo en lo que Mercadona siempre sacó ventaja de su sencillez.

Acierta el presidente de Mercadona cuando plantea una solución basada en la calidad. La gente busca lo mejor al mejor precio y sin duda la campaña SPB quería decir en realidad el viejo desideratum de “bueno, bonito y barato” (aunque lo de bonito, en modo accesorio).

Sin embargo no he oído en las declaraciones del señor Roig aquello que siempre he oído en los compradores y no compradores de Mercadona: que su producto fresco no era seductor. Incluso cuando lo era -cosa que ocurría la mayoría de las veces- lo contrario era lo asumido por el vox populi. Una imagen de marca basada en precios bajos que  fue mutando en buena calidad para esos precios.

He escuchado infinidad de veces calificar de “mala” a la fruta o la verdura de Mercadona por gente que no compraba en Mercadona y lo mismo para la carne y otros productos de fresco envasados. ¿Cómo alcanzar a ese público no cliente que se mantiene al margen por esa percepción?

¿Es el problema el hecho de estar envasado el alimento y no poderse comprar al detalle como piensa Mercadona? ¿O es más bien la percepción de calidad que normalmente justifica al no comprador de la marca seguir fuera?

Mercadona ha establecido un número de referencias limitado en relación a otras empresas similares. Esta característica, mencionada también por compradores y no compradores como una barrera del negocio, ha permitido también mantener una estupenda cuenta de pérdidas y ganancias y ha sido sin duda uno de los elementos decisivos en su expansión. Parece por tanto que la empresa no renuncia a dos de sus características principales –precios bajos y referencias limitadas– pero pretende ganar espacio en un campo difícil, donde la gestión del fresco ha condenado a muchos.

¿Ha notado Mercadona que sus cifras de venta en verduras y frutas frescas ha subido desde que los vende al detalle? ¿Han notado las fruterías de los alrededores de las tiendas que sus ventas han caído? No lo sé, debe ser un buen secreto ya que es la medida del éxito de sus nuevos planes. Tampoco sé el dato, pero presumo que sus costes habrán subido en el caso de la gestión de fresco en pescado y carne. En cualquier caso, es un problema de gestión, de trabajo y de control y estoy convencido que ahí utilizarán cuantos recursos en sistemas de información y logística sean necesarios para conseguirlo.

¿Pero qué pasará en la percepción de los consumidores?

Mercadona es un nombre muy especial. Desde su origen valenciano, el nombre de Mercadona significa en sus últimas sílabas tanto mujer -la mayoría de sus clientes originales- como un significado asociado al verbo dar. La compra por parte de la mujer se sobreentiende todavía como más ajustada a las necesidades y controlada al presupuesto, la conciencia colectiva sigue asignando a la sensibilidad femenina una determinada sabiduría para la compra basada en el sentido común y la sensatez.

Este valor lo transmite el nombre de Mercadona, que siempre ha tenido curiosamente una percepción femenina. Un estereotipo tan cierto como la cultura en la que se creó la firma ¿Conocen ese viejo juego que consiste en asignar un nombre o un sexo a una cosa o una cualidad?

Las percepciones positivas y negativas de la empresa se han cruzado a lo largo de su vida y a veces como consecuencia de vicisitudes ajenas a su marketing o su actividad comercial. Hubo una época en el que se identificaba con cierto malestar laboral permanente y sin embargo hoy en día, de modo objetivo, se encuentra por encima de la media en cuanto a la consideración laboral y humana de sus empleados, de los que presume tenerlos todos con contratos fijos. Salvo casos aislados, la percepción de empresa responsable en el ámbito laboral es ahora mayoritaria.

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En su activo está la percepción mayoritaria de precios bajos, de una buena relación calidad/precio y de una plantilla y una empresa preocupada por servir al cliente al que la empresa denomina “el jefe“. Una conciencia que se echa a faltar en el trato al cliente de un buen número de grandes empresas ¿Será esto en realidad la clave del éxito de Mercadona?

En el mercado, el éxito se mide en ventas y en la dinámica empresarial a lo largo del tiempo y ahí queda demostrado que los consumidores respaldan estos valores: más de 4,7 millones de hogares en España compran regularmente en Mercadona y eso que su red no se extiende todavía en todo el territorio. Sus planes de expansión internacional, regularmente aplazados, parece que se piensan para el 2020. Se habla de Italia y Francia como las casillas lógicas donde mover las piezas.

La historia de Mercadona de los últimos 20 años es una historia con más victorias que derrotas por lo que el error que ahora denuncia Juan Roig resulta no menos sorprendente. No cabe duda que se han cometido, desde el punto de vista del marketing, algunos errores menores y otros mayores, pero de alguna manera puede decirse que con el pecado han llevado su penitencia. Y su salvación.

Queda la duda de saber si se ha tenido en cuenta todas las consideraciones culturales y de comportamiento del consumidor adecuadas al caso. O si la propia expansión de su mercado y la ampliación de la base de sus compradores, con una base cultural mucho más grande y diferenciada, hace necesarias las medidas que ahora se anuncian.

¿Por qué el equipo de Mercadona debería acertar ahora si ellos mismos reconocen que llevan 30 años equivocados?

Un argumento para responder y finalizar. Seguramente las personas que entran hoy en día en sus tiendas y la sociedad alrededor son diferentes a los que abonaron su éxito en estos 30 años anteriores. Y hacen falta propuestas diferentes a retos y desafíos diferentes.

Como decía Francisco de Quevedo:
“Bien acierta quien sospecha que siempre yerra.”

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(1) Informe anual Mercadona 2012 (en PDF).    Un buen artículo de Antonio Ortega Madrigal analiza las cuentas de Mercadona del ejercicio 2012.

(2) Hasta la aparición de un nuevo modelo de negocio de horario extensivo regentado mayoritariamente por emigrantes y que cubría algunos aspectos del antiguo modelo de tiendas conocidas como “ultramarinos”.

(3) Las declaraciones del presidente de Mercadona tuvieron amplio eco en la prensa. Aquí puede verse la noticia recogida en Expansión, Europa Press, Cinco Dias, El Economista e Invertia,