La teoría del pequeño empujón

La historia humana suele contarse como la crónica de la lucha por el poder. En las escuelas se enseñan batallas, cabecillas y como las fronteras de los imperios cambiaron a lo largo del tiempo por una sola causa: el poder. El anillo único, el trono de hierro… ya saben.

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Poder es la capacidad de controlar las acciones de otros. Esto se aplica a cualquier orden de la vida, no solo a la política, sino también al marketing, a las relaciones laborales, al deporte o a conseguir que un hijo acabe su cena. Incluso podemos aplicar esa voluntad de influir en la acción a nuestra propia persona y hablar de autocontrol, autoayuda o de vencer la procrastinación.

El poder sobre los otros se ha ejercido de muchas maneras a lo largo de los siglos y los hechos nos muestran que a menudo ha sido por métodos brutales y violentos, con el uso indiscriminado y criminal de la fuerza física y la coacción. A lo largo del mundo, huesos y mazmorras de todas las épocas nos hablan de este drama milenario.

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Aunque seguimos viendo este lado oscuro del poder, sobre todo en televisión a la hora de comer, tenemos también indicios de que debemos ser optimistas y pensar en los avances históricos de la humanidad, como el que supuso la división de poderes y el advenimiento de los derechos ciudadanos. Porque el poder no necesariamente ha de ser ejercido mediante porrazos sino también por el consenso, el pacto y el buen uso de la psicología.

Lo mismo debieron pensar los profesores Richard Thaler y Cass Sunstein que, profundizando en una de las claves de la antropología aplicada -el estudio del comportamiento económico-  elaboraron lo que se conoce como la teoría del pequeño empujón.

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Según estos autores, la mayoría de las acciones dirigidas a influir en la conducta de los demás son mucho más efectivas si se utilizan técnicas de persuasión o de incentivos; en vez de una orden, mejor una indicación, un sutil empujoncito – nudge, en inglés – que sería ese golpe con el codo que se hace de manera cómplice a un colega para animarle a actuar.

Inspirados en la teoría de Kahneman del doble mecanismo de pensamiento, argumentan que la mente humana actúa normalmente con procesos automáticos sobre los que se puede y se debe actuar; el otro sistema, el reflexivo, es muy poco habitual y encuentra el camino correcto por sí mismo. La adecuada gestión de estos automatismos sería la clave de la política, de la economía, de las relaciones humanas y del buen funcionamiento de la sociedad en general.

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Utilizar este paternalismo libertario tiene además otras muchas ventajas. Necesita muy pocos recursos para su puesta en práctica y ahorra costes y consecuencias negativas respecto de los daños directos e indirectos que siempre provocan las políticas de ordeno y mando.

Hoy pocas empresas practican políticas de “esto es lo que hay”: el cliente es el jefe, los consumidores inspiran la producción, avanza el marketing 4.0, la competitividad se basa en proporcionar a los compradores una buena experiencia y generar nuevas compras basadas en sutiles o evidentes recompensas.

Thaler y Sunstein asesoraron las políticas de Obama durante sus años de mandato, que se desarrollaron de manera efectiva pero sin estridencias. Al menos en los planos económico y diplomático los EEUU sortearon la crisis de mejor manera que Europa y seguramente esos pequeños empujones no fueron ajenos a su éxito político y a su reelección en 2012.

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Sin embargo, en estos tiempos inciertos, parecen surgir amenazas cuando ese pequeño empujón quiere sustituirse en algunos imperios por una política hostil y excluyente. Inquieta que mientras las empresas practican cada vez más la sutileza y el nudge y en el plano económico los clientes parecen más soberanos que nunca, en el plano político algunos votantes crean que el problema es la solución y se deciden por opciones que recuerdan el pasado más oscuro.

Es lo que tiene el miedo, que suele inclinarse por las decisiones basadas en la exclusión y los “trumpicones”.  

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* Un extracto de este artículo fue publicado en el número de junio de 2017 de la revista PLAZA. Por casualidad, el profesor Richard Thaler recibió el premio nobel de Economía en el mes de octubre de 2017 por su contribución al conocimiento del comportamiento real de los agentes económicos y de la aparente falta de racionalidad en sus decisiones. Una venturosa coincidencia.

 

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Mitocondrias

«Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe
para siempre, quién es».
Jorge Luis Borges

Es casi seguro que las tres grandes preguntas de la existencia, quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, pueden ser resueltas atendiendo a la cuestión central. El origen de las cosas marca su identidad y normalmente su destino. Es por ello que la historia es el conocimiento nuclear de las ciencias humanas ya que resume nuestra existencia en base a registrar la de toda la humanidad.

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Hasta hace poco el relato de nuestros orígenes, en el mejor de los casos, se reducía a detallar intrincadas genealogías llenas de antepasados de largos bigotes y rostros familiares. El descubrimiento del ADN y la reconciliación de todos los seres vivos en un único árbol evolutivo nos desvela el camino de la vida como una única singularidad compartida por incontables individuos diferentes.

Hasta el creyente más recalcitrante debe admitir que si el ADN existe -y vaya que existe- todos los seres humanos compartimos el de “Adán y Eva”, como mínimo. Y admitiendo esto, un poco más atrás, el de los primeros organismos vivos dignos de tal nombre que aparecieron en la Tierra.

El desarrollo de las técnicas de secuenciación del ADN de las últimas décadas ha hecho posible que podamos conocer muchos detalles del fluir biológico de la humanidad. Hemos sabido de nuestro origen africano, de nuestras relaciones íntimas con los Neandertales o que la idea de razas humanas pertenece a la misma categoría de creencias mitológicas que los dragones o las hadas.

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La reducción del coste de estas técnicas permite que el análisis de ADN pueda realizarse ya a nivel particular y de este modo conocer nuestro verdadero linaje. Existen varias empresas localizables en internet que monetizan con éxito este ansia humana de conocer nuestros ancestros y que nos permiten saber por donde andaban nuestros genes los últimos cien siglos o más atrás.

Uno de los sitios más reputados que realizan este estudio es una conocida sociedad de divulgación geográfica y científica de Estados Unidos, que está llevando a cabo desde hace 12 años un proyecto a nivel global llamado Genographic. En este periodo se ha registrado ya el ADN de casi 800.000 personas, de manera anónima y sin ánimo de lucro. Su objetivo es llegar a determinar cómo fuimos y cómo llegamos a ser lo que somos, cómo y por donde transcurrió el viaje del género humano el último medio millón de años.

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Realizar este análisis, que recomiendo sin ningún compromiso, nos abre los ojos a nuestra historia personal, a nuestras raíces más lejanas y al tiempo más íntimas. Seremos conscientes de que fuimos viajeros venidos de África, un lugar de creación de vida y emigración desde siempre; que nuestros ancestros se movieron por Oriente Medio, por montañas y planicies del este de Europa y por las islas del Mediterráneo. Sabremos que compartimos el mismo material genético con todos los pueblos europeos, desde Irlanda hasta los Urales y que andando un poco más atrás en el tiempo, la señora china de la tienda de su barrio resulta ser prácticamente una prima cercana.

Cualquier persona tiene un número de antepasados directos realmente abundante, piense que se duplican en cada generación hacia el pasado. Pero para determinar un rastro concreto, una certeza de ancestro directo, solo hay dos líneas posibles.

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Una es estudiando el cromosoma Y, que es el que se transmite por vía paterna. Como en las sagas o el registro civil, uno hereda su apellido genético de su padre y se transmite “de padres a hijos” (en masculino) por los siglos de los siglos. Así sabemos cual es el linaje paterno, al estilo bíblico.

La segunda forma de seguir el linaje humano es por vía femenina, a través de la madre, la abuela y así sucesivamente. El secreto de esta pista está en las mitocondrias, una estructura celular que sorprendentemente porta su propio ADN y que cada mujer transmite a sus hijos e hijas.

Las mitocondrias son los órganos que proporcionan energía a todas y cada una de las células del cuerpo y además, y esta es la sorpresa, incorporan un segundo ADN mitocondrial, con sus propios cromosomas que nos permiten conocer el hilo conductor de nuestra vida hasta el pasado más remoto, a través de todas nuestras madres.

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En esta época revuelta en que se levantan muros contra la migración, en que se alimenta el miedo y la exclusión del diferente, comprobar el viaje a lo largo del tiempo de las personas que acabaríamos siendo nosotros debería tener unas consecuencias claras sobre nuestro pensamiento y nuestras acciones.  Creer que somos diferentes o que esa diferencia nos hace mejores, es un triste engaño y potencialmente un desastre.

Vivimos en una sociedad moderna y libre, tecnológicamente avanzada, que trabaja por mejorar la vida de las personas y que debate acerca de las pensiones, la robótica o la renta básica, pero que todavía lucha por la igualdad entre las personas sin distinción de sexo, origen o cultura. Entender de dónde venimos es esencial si queremos saber quienes somos y a dónde queremos ir.

 
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En recuerdo de mi madre María, que nos dejó en la primavera de 2017. Una mujer extraordinaria, ejemplo de amor, lucidez y valor a lo largo de toda su vida. Y a la que llevo siempre en mi pensamiento y en todas y cada una de nuestras mitocondrias.

El marketing que regalan los clientes

El que regala bien vende
si el que recibe lo entiende
Proverbio español

Ya deben saber que vivimos en el mundo 2.0. Aunque algunos afirmen estar ya en el 4.0, parece razonable admitir hoy el 2.0 como promedio. Sus características definitorias son la universalidad de la información, su inmediatez, una relativa libertad de opinión y la conectividad entre individuos y organizaciones que permite la creación de redes masivas y complejas.

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El mundo 2.0 nos brinda la oportunidad de acercarnos a las condiciones de competencia perfecta que era la base de las teorías económicas clásicas. Espacios que no existían son ahora posibles, un mundo fluido y sin distancias con individuos que interactúan entre ellos y donde la suma es mayor que el todo.

La cosa empezó a finales del siglo pasado, con la expansión de internet. Sus usuarios se agrupaban de acuerdo a sus intereses o aficiones en sitios especializados donde buscar información y contacto y donde se producía retroalimentación, el carácter definitorio de esta nueva sociedad. Apareció el manifiesto Cluetrain y su proclama rotuló la nueva era: los mercados son conversaciones.

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Gracias a estos nuevos espacios, empresas y organizaciones pudieron conocer las opiniones de sus clientes y seguidores directamente y en tiempo real. Porque lo importante ahora son los mensajes cruzados que dan lugar a relaciones y a más información y a la obtención de datos a gran escala que mezclados con otros forman esa incertidumbre llamada Big Data.

Antes, la empresa obtenía información del mercado mediante encuestas o por sus ingresos. El lanzamiento de un producto era una apuesta esperando un premio en forma de ventas. En el mercado actual los usuarios transforman el proceso: comentan productos que todavía no existen, reclaman novedades, critican con el rigor -y en ocasiones el desvarío- que proporcionan el anonimato de la red y la disonancia perceptiva del mundo virtual.

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Las empresas deberían agradecer esta aparente pérdida de control, que en realidad les fortalece un flanco poco atendido. Ahora las empresas y organizaciones pueden acertar y tener más éxito si se alinean con las opiniones de sus seguidores.

Los consumidores desconfían de los trucos de una publicidad desacreditada pero sí que creen en los consejos de los expertos, llamados ahora influencers, compradores como nosotros al fin y al cabo. Referentes de compradores, creadores de opinión con la reputación y objetividad que los consumidores no detectan en el marketing convencional. Y no parecen querer vendernos nada salvo verdad a cambio de algo de narcisismo.

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Al interaccionar interesados y expertos se crean nuevas opiniones que se traducen en valoraciones y éstas directamente en euros recogidos en la cuenta de resultados. Los comentarios son un tesoro para las empresas que saben entenderlos.

La crítica de un cliente es mucho más valiosa que su condescendencia, a menudo más un signo de educación que de sinceridad. Eliminado el ruido de trolls y haters, las críticas manifiestan síntomas, señales claras de lo que es correcto y de lo que no. El hecho de que una empresa como Mercadona llame “el jefe” a sus clientes, es uno de los mejores ejemplos de este planteamiento.

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Monetizar las opiniones mediante el marketing óptimo requiere de un adecuado proceso de interpretación y asimilación que permita incorporar los deseos de los clientes a la oferta, haciendo que la empresa aumente sus ventas y asegure su futuro.

Y la interpretación es análisis cualitativo, símbolo y explicación cultural. Ya ven, en el mundo 2.0 la prosperidad y el empleo son una cuestión de cultura y opiniones bien entendidas.

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Pueden consultar más contenidos sobre este mismo asunto en otro articulo de este mismo blog. Una adaptación de este texto fue publicada en la revista PLAZA del mes de abril de 2017.

Palabras mágicas

Nada hay tan increíble que la oratoria
no pueda volver posible
Cicerón

Un elemento clásico en las narraciones fantásticas es el uso de palabras mágicas, conjuros con el poder de cambiar la realidad al gusto de quien los pronuncia ¿Podrían existir en la realidad? Imagine que, cambiando solo una palabra en un mensaje comercial, el receptor cambie de actitud del rechazo a la aceptación ¿Es posible condicionar a las personas de este modo tan simple y efectivo?

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En 2011 el gobierno de EEUU cerró tres sitios de apuestas en internet. Los medios de comunicación describieron la actividad de estos servidores con un lenguaje que inducía a pensar en algo delictivo, al utilizar la palabra gamble (juego). Esto influyó en la percepción social de la legitimidad del juego en línea y finalmente la opinión pública alcanzó a las autoridades.

Juego puede decirse en inglés con dos palabras al menos: game que se asocia con la infancia, el deporte o el esparcimiento y gamble que se asocia con los adultos, el riesgo o las apuestas. Tras el incidente, la empresa cambió la palabra clave y se obró la magia. Las encuestas mostraron que el público aprobaba los mismos negocios en torno al game, en cuanto la palabra gamble y sus significados negativos desaparecieron.

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El poder de estas palabras no se encuentra en ellas mismas, como es de suponer, sino en la cultura de referencia del destinatario que explica su significado. Por tanto conocer en detalle la cultura del público objetivo es la clave de la comunicación de éxito.

No es lo mismo que te anuncien una inspección que una revisión. Lo primero se asocia con la autoridad y el temor a una sanción mientras lo segundo apunta a un servicio favorable al usuario. Cabe preguntarse por qué entonces hay empresas que amenazan con realizar una inspección y otras te sorprenden con el beneficio de una revisión, con tan solo cambiar una palabra. La antigua expresión de “medir las palabras” resulta muy reveladora y nos hace preguntarnos si se trata solo de una torpeza o si estas empresas quieren realmente influir en sus clientes o usuarios.

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Diferentes estudios confirman que el lenguaje simbólico y emocional es plenamente efectivo en la publicidad de productos para el disfrute personal mientras en productos utilitarios es mucho más eficaz un lenguaje técnico y descriptivo. Esto es relevante para los mensajes de empresas que venden un tipo de producto u otro. La metáfora, la publicidad revestida de narración ficticia estaría indicada, por ejemplo, para perfumes o viajes pero no tanto para bancos o compañías de transporte.

¿Qué pasa cuando un producto es ambas cosas? Pues depende del uso. Los consumidores utilizan un lenguaje figurativo cuando hablan desde el hedonismo pero suelen usar palabras neutras y formales cuando describen su experiencia utilitaria. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando un conductor nos cuenta un viaje memorable por carretera o bien nos habla de su trayecto diario al trabajo.

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Las palabras tienen la propiedad de apelar directamente al corazón, a las emociones. Ahí radica su magia, ahí está el abracadabra. Conectan directamente con nuestro interior mediante arquetipos y atributos que al estimular nuestros valores generan aceptación o rechazo. Las palabras neutras que vienen acompañadas de datos, por muy relevantes y exactos que sean, pueden desplegar mucha verdad pero ni conmocionan ni movilizan y son inútiles para la acción social.

Cuando Trump dice que “volveremos a hacer grande América de nuevo”, no concreta cuándo ni cómo, ni qué significa ser grande o cuando lo fue antes, ni tan siquiera qué es América que no es al sur de río Grande. Sus palabras son irracionales pero mágicas, conectan con sentimientos, pasiones e instintos.

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 Es como decir que “se hará lo que se tiene que hacer” ¿Habría alguien dispuesto a negar esto? La cuestión es que no se dice qué es lo que se tiene que hacer de manera que no habiendo nada detrás de esta declaración, nada puede oponerse.

El lenguaje de la demagogia -ahora llamada populismo- se apoya en sortilegios y solo con conjuros más poderosos, como el “Yes we can” que encumbró a Obama, se podrán superar.

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Pueden consultar más contenidos sobre este mismo asunto en otro articulo de este mismo blog. Una adaptación de este texto fue publicada en la revista PLAZA del mes de marzo de 2017.

Autónimos: nosotros y ellos

Primero que nada les ruego que reparen en la primera palabra del título. Es autónimo, no autónomo, así que este artículo no habla de ese héroe de nuestro tiempo, emprendedor intrépido o trabajador por cuenta propia a la fuerza. Una letra hace la diferencia y esto trata de una cosa distinta.

El término autónimo hace referencia a la denominación de un grupo humano hacia sí mismo y también de cómo una comunidad determinada nombra la tierra que habita. Tiene relación con la etnología pero también con la lingüística y la psicología.

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Ya sabrán que cuando llamamos alemán a un habitante de Alemania, el afectado se llama a sí mismo deutsch y a su propio país Deutschland. Estas dos palabras son los autónimos mientras que el término que nosotros usamos para nombrarlos es el exónimo, el concepto opuesto. No solo cambia el idioma, también su significado.

Normalmente las denominaciones hacia otros pueblos, especialmente si existen relaciones de conflicto, reflejan hostilidad o desprecio. Esos mismos alemanes se conocían en diversos pueblos de Europa del este como nemet, un término que designaba a quien no sabe hablar o no entiende lo que se le dice, un memo vaya: un clásico en la creación de exónimos a lo largo del mundo. Como gabacho en España o gallego en Argentina.

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Si ha utilizado alguna vez las palabras esquimal o lapón debería saber que se trata de denominaciones peyorativas empleadas por los pueblos vecinos de los inuits y los saami, autónimos éstos de los pueblos que viven en el ártico y en el norte de Escandinavia respectivamente. La palabra bereber proviene del término griego bárbaro, que venía a significar más o menos lo mismo que lapón: extranjero, periférico, atrasado… La palabra correcta es amazigh, el autónimo con que la población originaria del Magreb se nombra a sí misma.

El tema puede parecer un divertimento académico sin trascendencia pero ya habrán supuesto que esconde una cuestión de gran enjundia. Las palabras están en la misma creación del mundo, como los grandes libros nos advierten. Quien utiliza determinadas palabras crea un espacio propio de poder y al tiempo ejerce sobre otros el poder que crea.

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Los grupos sociales, desde la familia a la nación estado pasando por el clan o la tribu tienen una vida interior muy semejante a los organismos biológicos. Como las células, necesitan de una membrana que los separe del exterior y les de identidad y pervivencia. Hay que separar lo que es de lo que no y para eso los humanos usan las palabras, para marcar claramente quienes somos nosotros y quienes son “los otros”.

En estos tiempos de muros y alambradas, desde el Danubio a Río Grande, pasando por todos los mares, membranas de metal y cemento pretenden dejar fuera a quienes no son nosotros. Y esta necesidad de separación obedece a nuestras debilidades y a las conveniencias del poder que dicta nuestro diccionario social.

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La historia enseña un sinfín de ejemplos de sociedades en crisis que utilizaron el miedo y la xenofobia como herramienta de dominio y control social, la mayoría de las cuales acabó mal; y también de como, donde se produjo lo contrario, se crearon sociedades modernas donde triunfó la libertad y el progreso. Recuerde la trampa de creer en nosotros y ellos, en juzgar la bondad o la maldad en función de una frontera o una diferencia cultural.

Porque la diferencia entre nosotros y ellos no es más que una mera palabra o incluso una simple letra, tan pequeña e irreal como podamos imaginar.

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Artículo publicado en el número de febrero de 2017 en la revista PLAZA.