La economía como prejuicio cultural

“Los prejuicios son la razón de los tontos”
Voltaire

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La ciencia económica se ha debatido siempre en el conflicto de una lucha identitaria. ¿Se trata de una ciencia o solo de elucubraciones alejadas de la realidad?, ¿podemos enumerar verdaderas leyes universales en economía o lo que consideramos conocimiento económico es sencillamente un conjunto de obviedades y recetas de discutibles efectos prácticos?

Para un observador neutral su aspecto formal sí que parece indicar que que se trata de una ciencia: en efecto, tiene sus paradigmas, su aparato matemático, su respaldo estadístico… hasta su premio Nobel. Claro que también hay un premio Nobel para escritores e incluso uno para la Paz, asuntos estos poco científicos.

 La gente confía en general en la ciencia, incluso los más recalcitrantes creyentes, porque describe adecuadamente como suceden las cosas, soluciona problemas concretos y construye productos y procesos que funcionan. Algo que la economía no parece poder hacer de manera efectiva, como demuestran los desequilibrios y las crisis cíclicas que asolan nuestras sociedades desde que se recuerda. 

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La economía, como las otras ciencias sociales, no puede realizar experimentos controlados como la química o la física, de manera que sus tesis, carecen de un respaldo universal a prueba de dudas, deslizándose fácilmente del campo de las verdades al de las opiniones. Pese a esto, la gente de la calle piensa, o mejor intuye, que sí que existen ciertas reglas y procesos económicos evidentes y predictibles y que la economía funciona… a pesar de los economistas. 

La raíz de todo es que la economía y las otras ciencias sociales son disciplinas que miran al hombre y solemos ser un mal espejo de nosotros mismos. Apenas vemos reflejados los problemas que nos aquejan, solo sus efectos distorsionados en nuestra cuenta corriente o en nuestro rostro y esto a duras penas si es a primera hora de la mañana.

Un conocimiento del hombre realizado por el hombre, difícilmente puede escapar de una visión tan subjetiva como potencialmente miope. El antiguo “Conócete a tí mismo” sigue siendo más un deseo del sabio que una realidad de las personas corrientes.

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Pero tenemos una clave para entender esto y casi todo lo demás: el hombre es un animal cultural. Si eliminamos el factor cultural quedaría poco de humanidad en un primate desnudo, como advertía Desmond Morris. La cultura se construye de símbolos y de pequeños o grandes conocimientos que se van acumulando en el acervo común a lo largo de la historia colectiva. Y el ser humano conoce y trabaja el mundo precisamente mediante esos símbolos y esa cultura, de ahí esa distorsionada percepción.

Es importante tener en cuenta que estos conocimientos no tienen por qué responder a la verdad -a su identidad real- pero sí ser coherentes con un sistema cultural determinado, sistema que, normalmente, lo acepta casi todo en una curiosa y a menudo contradictoria amalgama. La realidad crea y modela la cultura que a su vez modifica y recrea la realidad.

Pero cuidado: la cultura no existe en ningún limbo o una hipotética conciencia colectiva. La cultura, sus conocimientos y sus símbolos, vive y se manifiesta en las mentes de cada una de las personas. Es un fenómeno colectivo pero “individualmente” colectivo, nunca externo al individuo.

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Esta reconocida naturaleza cultural del hombre  -esto es, simbólica- no suele trasladarse al ámbito del conocimiento económico, quizás porque su carga de subjetividad podría restarle carácter científico. Por eso resulta raro pensar que la economía es una manifestación cultural más, sencillamente porque nunca lo consideramos así, pero a poco que lo pensemos, la actividad humana que es lo que estudia la economía, está más cerca de la antropología y de la cultura, que del cálculo y el álgebra. La actividad productiva y comercial se basa en determinados axiomas clave de absoluto origen cultural, como prejuicios incorporados al pensamiento al margen de razonamiento o demostración.

La economía es una cuestión fundamental en la estructura de cualquier sociedad, porque determina qué y cómo se produce para sobrevivir, quien lo produce y cómo se reparte y eso requiere que determinadas cosas estén tan claras y tan al margen de discusión, como un dogma para una religión. Por eso, desde el pensamiento dominante, se pretende que los dogmas de la economía sean igualmente indiscutibles.

Por ejemplo, se da por hecho que que la gestión privada de cualquier servicio público es siempre económicamente más eficiente que la gestión pública, pero en realidad esta idea -o su contraria- se trata de una suposición que no ha sido demostrada nunca de manera fehaciente, ni siquiera en términos generales y sin embargo hay evidencias constantes de que, independientemente de la naturaleza jurídica de sus titulares, hay servicios públicos bien gestionados y otros que no, al igual que ocurre con los servicios privados.

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La existencia de condiciones de competencia podría explicar que el ámbito privado tiende a reparar las posibles ineficiencias, premiando y castigando mediante mecanismos de mercado -cosa que no puede ocurrir en el ámbito público- pero este argumento ignora completamente que la competencia está lejos de suceder realmente en la mayoría de los sectores productivos o de servicios y que incluso donde se dan circunstancias favorables para la competencia, ésta no se da realmente en condiciones de suficiente garantía (1).

Muchos de los servicios públicos privatizados bajo concesión demuestran que la convivencia de axiomas contrarios -a menudo uniendo lo peor de ambos mundos (2)- está tan extendida como la imposibilidad de encontrar condiciones teóricas en la realidad.

 En esta misma línea, no hace demasiado tiempo que alguien tan poco sospechoso de heterodoxia en los principios económicos como el presidente de la mayor patronal española (3), solicitó del gobierno la suspensión temporal de las leyes de mercado, algo que para un entendido como le suponíamos a él y tan entregado a la causa del capitalismo y la libre empresa, sería tanto como solicitar la suspensión de la ley de la gravedad.

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 Si no tenemos simpatías por Robin Hood, el hecho de quitar a los ricos para dar a los pobres nos parece inequívocamente un delito, disfrazado además de engaño. Sin embargo quitar a los pobres para dárselo a los ricos, como en el caso de las estafas reales en la colocación de preferentes por algunas cajas de ahorro españolas y la autoconcesión por sus directivos y administradores de espectaculares pensiones de retiro o de tarjetas de crédito opacas es visto por el pensamiento dominante de manera más tolerante, un defecto moral como mucho, algo execrable (4) como lo definió el propio ministro de Hacienda.

 Tenemos paraísos fiscales en el corazón de una Europa que no consiente ni un segundo de descuido fiscal en su periferia y una política dominante dirigida por el gobierno alemán y el Bundesbank que parecen sufrir una aversión enfermiza por la inflación pero a los que no parece molestarle que en esa misma Europa que capitanean, existan tasas de desempleo o de miseria muy por encima de lo aceptable y que la crisis de austeridad haya profundizado una década de creciente miseria.

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Es también sin duda un prejuicio priorizar determinadas condiciones políticas y legales respecto a la economía y al mismo tiempo poner a la cola de esas prioridades el bienestar de las personas y sus condiciones de vida, que son en definitiva la única razón por la que deberían existir esas condiciones políticas y legales, al menos en una supuesta democracia.

Las mismas creencias que hacen del derecho al secreto bancario suizo una barrera más alta que la de los Alpes, mientras que, al mismo tiempo, los gobiernos europeos no dudan en declarar que habrá que sacrificar derechos fundamentales en materia de libertad para obtener algo de seguridad relativa, en alguna parte y algún momento. Como la que obtienen las ovejas respecto a los lobos, para beneficio exclusivo de los pastores.

En fin, los ejemplos reveladores de prejuicios en política económica son tan generalizadas en estos tiempos, que citarlos parece innecesario: hay demasiados y todos los conocemos demasiado.

 Los prejuicios que rigen el pensamiento económico y nuestra sociedad no son necesariamente los que consiguen un óptimo, ni económico ni de ninguna clase. Son la resultante de una evolución cultural más un choque de intereses entre individuos y grupos sociales, mejor o peor resueltos. En economía solo existe el óptimo en la teoría. En cada modelo teórico, para decirlo con más exactitud. Y las teorías están más allá de la realidad, contenidas por muros hechos de consistentes e interesados prejuicios.

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Escribía recientemente Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía: “El caos actual (referido a la crisis económica europea) proviene en parte de la adhesión a una creencia que ha sido desacreditada desde hace ya mucho tiempo: que los mercados funcionan bien y que no tienen fallos de información y competencia.” (5)

 En efecto, una cosa es la teoría y otra la realidad. Podríamos decir que la teoría económica es a la economía realmente existente lo mismo que una partida de ajedrez a una batalla: no es habitual disparar en una partida de ajedrez, donde tampoco suelen hacer acto de aparición ni la muerte ni el horror, de modo que la similitud queda reducida a un plano abstracto y simbólico. Igual que la economía.

Por eso seguramente los economistas clásicos, interesados por los problemas reales, hablaban de economía política, pues querían unir ambas cosas, análisis y acción, ya que no las entendían separadas. Algo que el tiempo y la evolución de los términos llevó a reducir a una sola palabra.

Y claro nos debe quedar a todos, siempre, que la economía (política) como síntesis de teoría y realidad no es otra cosa que una cuestión de elección entre prejuicios. Prejuicios no neutrales que benefician a algunos y perjudican a otros, generalmente la mayoría. Y luego, y en función de ellos y a su servicio, ya vendrán el álgebra y la econometría.

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“Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando no lo son, son más poderosas que lo que es comúnmente entendido. De hecho el mundo está regido por poco más. Los hombres prácticos, que se creen totalmente exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente los esclavos de algún difunto economista”.

John Maynard Keynes

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1.- En realidad, la competencia perfecta significa beneficios cero, como sabe cualquier estudiante de primero de economía, lo que significa que en condiciones de competencia perfecta la actividad empresarial privada sería imposible ya que a más competidores, menores márgenes. El beneficio que obtiene el emprendedor -la “renta cuasi monopólica” como la definió  Joseph Schumpeter- exige de éste ser un innovador y por tanto un rara avis en el sector, producto o servicio que comercializa, el creador de un espacio de nuevas posibilidades de negocio donde su beneficio es justamente la remuneración por esa creación de nuevo territorio económico y comercial. La ganancia es directamente proporcional a la demanda y a la carencia de competencia y esa es la razón por la que las empresas tratan siempre de excluir o limitar su competidores en un mercado dado, aunque sea de manera temporal. El monopolio o, si no hay más remedio, el oligopolio son la situación ideal de una actividad empresarial exitosa. Cualquier burbuja especulativa muestra con total crudeza como el momento en que se masifica la oferta en un determinado sector o producto, este colapsa al reducirse su margen a cero.

2.- Como anécdota, aunque de plena y dolorosa actualidad (enero 2015), pueden leer el caso del medicamento Sovaldi en el excelente blog de divulgación científica “La ciencia y sus demonios” .

3.- Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE entre 2007 y 2010, no solo solicitó suspender temporalmente las leyes del mercado sino que en opinión del juez, también decidió violar algunas otras leyes en vigor. En el momento de escribir este artículo todavía está en prisión desde diciembre de 2012, condenado por alzamiento de bienes, blanqueo de dinero y fraude fiscal. Su declaración textual fue: “Creo en la libertad de mercado, pero en la vida hay coyunturas excepcionales. Se puede hacer un paréntesis en la economía de libre mercado”. El mismo día de la quiebra de la aerolínea Air Comet, compañía que presidía y la suspensión de sus vuelos a pesar de mantener abierto el sistema de venta de billetes, manifestó: “Yo no hubiera elegido Air Comet para volar a ningún sitio”.

4.- Es interesante analizar el calificativo para documentar este prejuicio. El término execrable, viene de una palabra latina relacionada con la religión. Execrar es maldecir o condenar con autoridad sacerdotal o en nombre de cosas sagradas. Es algo relacionado, por tanto, con la moral y las creencias religiosas y no con el daño material a otros, las leyes o la justicia. Algo execrable puede ser perfectamente legal, como en el caso comentado.

5.- http://economia.elpais.com/economia/2015/01/16/actualidad/1421411279_895475.html

Las razas, las nubes y la edad eterna

“Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era ni más ni menos un museo arqueológico. Grandes esqueletos, mul­titud de cacharros y uten­silios históricos e infini­dad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del Almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incal­culable.” 

Enrique Jardiel Poncela. “Novísimas aventuras de Sherlok Holmes: la momia analfabeta del Craig museum”.

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Un surrealista  Sherlock Holmes descubre en el museo arqueológico un gran tesoro: los 3 esqueletos del almirante Nelson. Ilustración del propio Jardiel Poncela.

Cuando era pequeño pensaba que las personas en general y, especialmente aquellas que conocía, siempre habían tenido la misma edad. Es decir, que mis abuelas habían sido siempre unas señoras muy mayores y aproximadamente con la misma apariencia que tenían entonces; que mis padres eran mis padres y por tanto tenían la edad y el aspecto que siempre tienen los padres, mis hermanas adolescentes siempre habían sido adolescentes y que yo mismo, aunque me prometían con bastante convencimiento que me haría mayor, sospechaba que en realidad siempre tendría mis seis o siete años de por entonces, o por lo menos el aspecto correspondiente a mi persona en aquel tiempo.

 No es que ignorara el paso de los años e imaginara que mis abuelos o mis padres no hubieran sido jóvenes en su momento. Saberlo lo sabía -o lo suponía- pero el verlos en fotos de su infancia me causaba cierta sorpresa; y hasta asombro. Inconscientemente asumía que la edad de las personas era la que era en el momento en que los veía o pensaba en ellos, al menos a efectos prácticos. Su identidad que yo percibía y asimilaba, era la de esa edad, en ese momento concreto y no la del conjunto dinámico de sus edades.

Algo parecido sucede cuando nos encontramos a alguien a quien hace mucho no hemos visto y reconocemos tanto a la persona que conocimos como los cambios que ha experimentado. Y siempre hay sorpresa y paradoja en ese reencuentro, ya se manifieste con la frase “¡Vaya, estás igual, no has cambiado!” como en la de “¡Caramba, cuanto tiempo ha pasado, casi no te he reconocido!”.

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World of averages. Imágenes promedio de personas de diferentes países del mundo. Fuente: http://faceresearch.org/

Esta disonancia cognitiva acerca de la realidad, que estoy seguro nos resulta familiar a muchos, es un fenómeno que sucede en las mentes de las personas con una frecuencia más que abundante. Conocemos cosas, su nombre, sus características, su lugar en el mundo y pensamos que es así, es decir, que aunque sepamos que está formado de células, moléculas y procesos constructivos en permanente cambio, las cosas no son fluidos o procesos abstractos: son “cosas” y son “así, aquí y ahora”. Más o menos para siempre -en nuestra concepción estática del mundo- o razonablemente para siempre.

Despreciamos inconscientemente el largo plazo por motivos prácticos y aunque no sepamos quien fue Keynes, podemos pensar como él (1) en todos los órdenes de la vida y no solo en economía; y tendemos a atribuir categorías ontológicas definitivas a lo que a lo mejor es solo una mera condensación de vapor de agua.

Como decía Schopenhauer y recordaba Borges sobre las tramas de la historia, éstas en realidad se asemejan a las formas caprichosas de las nubes, formándose y deshaciéndose constantemente, siendo los contornos que creemos reconocer en ellas no otra cosa sino volutas de vapor moviéndose al azar de acuerdo al viento y el sol.

No pudiendo entender bien la dinámica de la realidad, el ser humano se aferra a una taxonomía basada en lo estático, en el momento concreto, en la percepción fotográfica de los objetos y las situaciones. La naturaleza de la realidad es cambiante y cíclica y así es percibida -por supuesto- pero ese cambio continuo no se asimila normalmente en la forma de pensar cotidiana.

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El ser humano necesita saber en concreto, sin dudas ni oscilaciones. Las cosas son, no podemos concebir que son y no son al mismo tiempo (2). Así que pocas cosas escapan a esa percepción estática de lo natural y si lo hacen suelen ser siempre ciclos de relativa corta duración, como el día y la noche, las fases lunares, las estaciones, que se convierten en algo definido por su propia naturaleza cíclica, como facetas de un todo.

Los insectos en metamorfósis, por separado, ya cuesta pensarlos como un solo individuo y normalmente consideramos que una oruga es una oruga y una mariposa una mariposa, sin que la intuición muestre una clara correlación de identidad entre ambas. Las ideas de Heráclito o el hecho de que sean precisamente las mutaciones las que hacen posible la evolución, tienen una aceptación intuitiva limitada.

Este largo preámbulo que espero me perdonen los amables lectores que hasta aquí hayan llegado, quiere servir como piedra de reflexión acerca de muchas cuestiones que reflejan la paradójica percepción de los seres humanos y que forman sus prejuicios y su conocimiento de la realidad. Un asunto de trascendencia clave para el saber y la acción correcta que ha sido ya tratada en otros artículos de este blog y que seguiremos comentando más adelante.

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La taxonomía es necesaria para identificar y separar unas cosas de otras ya que sería imposible identificar nada -y por tanto, conocer o actuar sobre nada- si no se realizara así: el todo sería una realidad única, informe y contínua, la mejor representación del caos primigenio.

Pero la misma luz y fuerza que la taxonomía aporta se basa en una serie de hipótesis que se van haciendo automáticas, que trocean o simplifican la realidad y que finalmente, activa o pasivamente, la disfrazan y nos pueden engañar.

Porque aunque hayamos empezado hablando de los 3 esqueletos de Nelson, de lo que de verdad me gustaría reflexionar ahora es acerca de un concepto bien arraigado en muchas culturas e incluso en algunos rincones -oscuros- de la ciencia. Un concepto tan falso como lo anterior pero en ocasiones siniestro: las razas humanas.

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La idea de raza

Los estudiosos de la antropología y de la medicina han ido dejando claro desde hace mucho que las razas humanas no existen, así que obviaremos al lector la cita de innumerables ensayos o estudios académicos. Las razas, con el significado de subespecies biológicas claramente definidas, que evolucionan como una unidad, con sus características concretas y específicas, es una idea científicamente errónea.

El hecho de que todavía haya algún antropólogo o biólogo que siga hablando o pensando en razas no hace sino evidenciar la subjetividad del término y su definitoria carga ideológica; en definitiva se trata de un mero concepto, de una teoría sin base, de una fabulación sin más.

El origen de esta palabra es tan incierto como la realidad que pretende describir. Podría provenir del latín radix o ratio, con el significado de raíz o radio, en referencia a la propagación desde un origen. En alemán antiguo se utilizaba la palabra reiz (linaje). En árabe, ras significa cabeza, origen y en ruso раз (raz) significa vez, turno, aunque es posible que en estos últimos casos se trate de una similitud fonética casual.

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En biología, la raza es un grupo de individuos que muestran unos rasgos identificativos diferenciados y que pueden transmitir dichos rasgos a la siguiente generación. El término fue abandonado hace mucho en botánica y en zoología se utiliza para definir individuos con unos estándares concretos, especialmente en determinadas especies de cría artificial, como perros, gatos, vacas, ovejas o conejos.

El teórico moderno de las razas -y el racismo- Joseph Arthur de Gobineau (1816-1882), hablaba en su obra principal, “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (1853) de que existían solo 3 razas: blanca, amarilla y negra.

Esto, con unos pocos conocimientos básicos de biología, genética o mera observación racional no ideologizada, no resisten la menor consideración intelectual y sin embargo se convirtieron en la semilla de un creciente movimiento racista -coincidente con el auge más exaltado del imperialismo- que entre finales del siglo XIX y el inicio del XX llevaron al mundo a uno de las peores conflictos bélicos conocidos y al horror del holocausto y las masacres en Europa y Asia.

Lo importante a tener en cuenta es que la idea de raza es justamente eso: una idea y no una realidad. Se trata de un concepto que pretende describir un hecho -la variación de los rasgos humanos- pero que se corresponde a significados perdidos en el remoto pasado cuando el conocimiento de las cosas era tan inexacto y escaso como supersticioso.

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Lo burdo de dicho concepto hizo que el propio Gobineau, teórico de las razas, las denominara por el color de su piel, que para él era uno de los rasgos más distintivos. Si alguien piensa que una diferente tonalidad de la piel, un tipo de pelo o una forma del cuerpo ya determina una subespecie, debería visitar alguna playa popular en verano.

Otro aspecto relevante de esta teoría es que, como destacaban algunos importantes pensadores como Levi-Strauss, el fallo nuclear de la teoría es que mezclaba biología y cultura, haciendo hincapié en uno u otro aspecto sin ningún tipo de correlación. Salvo la de asignar hábitos o conductas morales determinadas a cada raza, lo que derivaba finalmente en la consideración de animalidad -o menor humanidad- en las conductas y destino de las razas más “atrasadas”, en un sentido de civilización.

Lo que la concepción racista de la humanidad venía a querer decir es que las razas eran en realidad protoespecies, y por tanto los únicos individuos verdaderamente humanos puros más evolucionados son los de la raza superior, los de “nuestra raza”.

Por eso es significativo constatar como el concepto de raza es defendido casi exclusivamente por sectores ideológicos situados a la extrema derecha y especialmente por los más afines a ideas racistas, fascistas o supremacistas, cualquiera que sea la denominación que adopten. El concepto de razas es necesario para afirmar al mismo tiempo la superioridad de la propia sobre las demás, así como la degeneración causada por las mezclas (melange).

Es esa idea de raza la que da espacio y forma a su delirio paranoico. Porque el racismo debería ser considerado simplemente así, una psicosis paranoica.  Una confusión perceptiva -una disonancia cognitiva- que en algunos casos deriva directamente en esquizofrenia. La que es capaz de negar cínicamente el holocausto y que sin embargo se empeña en resaltar la obviedad del “error” racial.

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Este delirio -fruto de una fe sin razones o utilizado para la manipulación- llevó por ejemplo en España a hablar de la “raza” como concepto explicativo primigenio de una serie de valores asociados a lo español, la “sangre” vehicular -no se conocían mucho los genes por aquel entonces- que se manifestó en la reconquista de España a los árabes, en la conquista de América y en la creación de un imperio donde “nunca se ponía el sol”.

Así se hablaba de “El día de la Raza” para referirse al 12 de octubre o fiesta de la hispanidad. El instigador y beneficiario de estas ideas imperiales, el dictador Francisco Franco, escribió el guión de una película llamada justamente así: Raza (3).

La historia es a veces justa y tragicómica: quien le iba a decir a Franco que en la cultura global de principios del siglo XXI, el término hispano sería equivalente a latino y que ambos servirían para describir la sangre y la cultura americana más híbrida y autóctona y menos europea…

Conviene recordar con justicia al antropólogo haitiano Joseph-Anténor Firmin (1850-1911), un antagonista de Gobineau que escribió el libro: “Sobre la igualdad de las Razas Humanas” (4), donde venía a replicar las tesis racistas, exponiendo la igualdad de los tipos humanos desde el punto de vista biológico.

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Joseph-Anténor Firmin

Aspecto importante este ya que no se trataba de luchar solo por la igualdad de derechos -algo que teóricamente ya defendían las revoluciones de finales del XVIII- sino que se establecía la igualdad biológica de modo que una supuesta desigualdad no pudiera dar pié a otras.

Firmin lo tuvo complicado en esa época y su obra fue relativamente poco conocida. Tras la segunda guerra mundial y el horror del holocausto, la evidencia de la justificación ideológica del racismo y sus causas absurdas reivindicaron, al menos en la práctica, las tesis y argumentos de Firmin. Pero, como era deducible, la psicosis no terminó ahí.

De modo disimulado o incluso festivo, la aparición recurrente de conductas racistas en ámbitos especialmente emocionales e irracionales, como es el caso del fútbol, no hace sino evidenciar una y otra vez el peligro y la falsedad de una idea perversa y la demostración de que en las razas no se razona sino que se cree, porque solo se puede creer en lo que no puede demostrarse o en lo que, sencillamente, no existe.

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Genética y xenofobia

 La genética ha demostrado, por si hiciera falta demostrarlo más todavía, que la diversidad biológica no responde a categorías absolutas sino a variaciones y combinaciones clinales que dan como resultado un individuo concreto dentro del universo de posibles combinaciones genéticas de la especie.

Como defiende la ampliamente aceptada teoría del embudo evolutivo debido al cataclismo del volcán Toba (5), hace poco más de 70.000 años la especie humana se vio reducida a poco más de 10.000 individuos por una causa súbita y catastrófica, como acreditan los estudios geológicos y de diversidad genética.

Los genes provenientes de aquellos individuos supervivientes son también nuestros genes, los mismos que, mediante innumerables permutaciones y combinaciones, portan los cromosomas de los más de seis mil millones de personas que hoy en día constituyen la especie humana.

En muchos casos la evolución ha creado una serie de mecanismos de identificación y defensa para filtrar lo que es amigable de lo que es peligroso, con soluciones que van desde el sistema inmunitario de un organismo a las respuestas intuitivas de desconfianza hacia lo diferente o lo que no se conoce bien. Y la cultura funciona de modo parecido.

El racismo es una forma de xenofobia, el odio al extraño. Y el sufijo fobia denota una patología, en general. La base de la xenofobia es el miedo, la desconfianza hacia lo desconocido, a lo diferente. A nivel biológico, celular y a nivel individual y social, los diferentes sistemas se protegen de lo diferente, de “lo otro” que es una amenaza potencial.

 

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La xenofobia nos hace ver como sospechosos a quienes difieren de nosotros. Algo en nuestro pensamiento irracional nos pone en alerta al identificar diferencia con rivalidad y amenaza. Puede ser algo potencialmente dañino o alguien que desee quedarse con nuestros recursos, con nuestra tierra, con nuestras pertenencias y nuestra vida.

La diferencia puede ser física o de índole cultural, de idioma, pensamiento, religión o hábitos sexuales. Pero ya que la percepción física es la primera y la que se detecta con un conocimiento directo, la identificación de la diferencia por el color de la piel o de determinadas facciones físicas ha sido la más habitual en la historia cuando se ha producido un choque entre poblaciones diferentes.

Inmediatamente después la identificación cultural por forma de vida y creencias, que se combinan con la anterior y se fijan en el ideario colectivo. Cada hecho cotidiano, sea cierto o falso, no hace sino reforzar ese prejuicio establecido que crea la discriminación, mal llamada racial cuando en realidad es plenamente cultural (y emocional).

Conviene reiterar que el origen del racismo -y por tanto de la creencia en el falso mito de las razas- es el miedo y la lucha por la supervivencia. Y la historia ha mostrado, desgraciadamente, frecuentes ejemplos de que es así. Porque el mecanismo está presente en lo humano -aunque sea en su cerebro de reptil- siempre dispuesto a activarse, como las reacciones de huida o ataque ante una amenaza o un peligro.

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No haremos ahora otra cosa sino mencionarlo, pero detrás de este mecanismo anidan episodios tan oscuros de la humanidad como las cazas de brujas, las guerras de religión, las limpiezas étnicas, la discriminación de determinados grupos o colectivos o el rechazo a los inmigrantes.

Calificados como delitos, estos hechos son denominados hoy como “delitos de odio” y sus estadísticas aportan luz acerca de del corpus social de una sociedad (6).

En España durante 2013, se registraron por parte de las fuerzas de seguridad 1.172 delitos de odio (bajo la forma de agresiones, vejaciones, malos tratos o amenazas), según recoge un informe pionero del Ministerio del Interior de España, denominado Informe sobre la evolución de los delitos de odio en España 2013.

Los motivos y número de estos delitos, según recoge dicho informe, fueron:

  • Orientación sexual e identidad de género:  452
  • Origen étnico o racial:  381
  • Discapacidad:  290
  • Religión o creencias:  42
  • Situación de pobreza y exclusión social (aporofobia):  4
  • Antisemitismo:  3

Estas cifras identifican como primera causa una forma de xenofobia interior: la homofobia o el odio a la diversidad sexual. Una falta de respeto a los derechos humanos básicos, equiparable a la discriminación racial o a la persecución por motivos de creencia (o descreencia).

Más del 53% del total correspondió a delitos ocurridos en Andalucía, Cataluña o Comunidad de Madrid. El 7% (83) corresponden con actos racistas o xenófobos en el deporte.

A efectos comparativos, en 2013 se produjeron más de 2.170.000 delitos de toda clase (una tasa de 46’1 delitos por cada mil habitantes) registrándose 302 homicidios y 1.298 delitos sexuales graves. Se trata de una de las tasas de delincuencia más bajas de las registradas desde que se recogen estos datos. Recordar que el censo de población de España en 2013 registraba un total de 47.129.783 habitantes de los cuales un 11,77% eran extranjeros.

By Antonio León

A finales de marzo, una nube similar a un carnero parece anunciar la entrada en Aries.

 

Conclusión: las nubes y el color de la piel

 ¿Existen categorías absolutas en la temperatura del aire o el mar o para la presión atmosférica? Obviamente no, son variables que pueden adoptar tantos valores diferentes y tan discretos y ajustados como la máquina que utilicemos para medirlos y las circunstancias de la atmósfera los permitan, junto a la mecánica de fluidos y el azar de las condiciones ambientales y singulares.

¿Y qué somos los seres vivos sino fluidos dinámicos, bailando entre cromosomas y una conciencia individual y social, en una cultura determinada?

Es decir, que las razas humanas como esas categorías absolutas en que se creía antes -y en las que inconscientemente buena parte de la población sigue pensando- no son más ciertas que la población de elefantes y animales mitológicos que se forman en las nubes en un apacible día de verano. Aunque emociones primarias como la rabia o el odio o simplemente la idiocia, nos quieran hacer creer cosas distintas.

Deberíamos estar atentos, no obstante, por si el abandonado espejismo de la raza pueda dar lugar a nuevos espejismos, incluso dentro del lenguaje políticamente correcto, para tratar de cubrir el concepto de la amenaza del diferente. Hoy en día leemos y escuchamos en los medios de comunicación el término etnia como denominativo de un colectivo humano determinado y en multitud de ocasiones su utilización se asemeja demasiado al falso concepto de raza.

By Antonio León

Un rampante Pegaso emerge al mediodía de la parte izquierda de esta nube.

Etnia es un grupo humano identificado por su pasado común, su origen y camino histórico y especialmente por su cultura y su forma de vivir. Un concepto complicado y a menudo indeterminado, que tiene bastante relación con otros conceptos como nación o pueblo (7).

Hablamos en definitiva de palabras, de ideas fijadas en la mente de las personas y que se manifiestan con un lenguaje más o menos expresivo. El concepto de raza resulta una idea imposible, porque la definición de categorías concretas en un universo de miles de combinaciones resulta completamente absurdo.

No se trata del arco iris en el que podemos categorizar seis o siete colores, definidos a su vez por intervalos de longitudes de onda: aquí se trata de reconocer el contorno de las nubes y suponer que tienen entidad.

Incluso si fuera posible establecer márgenes concretos y sencillos la idea de raza como grupo humano definido por su biología no estaría mal si simplemente fuera un sinónimo de variabilidad, de diversidad genética, una connotación en teoría positiva.

Pero considerado como una caja cerrada destinada a establecer una jerarquía y una dominación social, como en el caso de las castas, la idea de raza aparece doblemente condenada: imposible a nivel epistemológico y repugnante como categoría ética y cultural.

 

By Antonio León

 

 “Esos enjambres de tantos colores de piel pertenecen todos a una misma raza, la de los damnificados por la brutalidad humana y atropellados por el carro atroz de la historia”.     Fernando Savater

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(1) Para los no economistas o familiarizados con la obra o las ideas de John Maynard Keynes. “A largo plazo, todos muertos”. Keynes utilizaba esta frase para recalcar que en economía lo importante es el corto y medio plazo y que la acción de la política económica debe realizarse en él. Fiar el largo plazo para la resolución automática de los problemas equivale a no hacerles frente y a abandonar toda clase de posibilidad efectiva de modificar la realidad económica y el bienestar de las personas, en especial en los momentos de crisis o parte baja del ciclo económica. Frase similar al refrán español “en cien años todos calvos”.

(2) Si alguno no conoce la obra Eureka, de Edgar Allan Poe, le invito a que le eche un vistazo. En ella podrá leer como, para Poe, el universo y todo lo que contiene es y no es al mismo tiempo.

(3) Documental sobre la película RAZA: el franquismo visto por su cine (61 minutos). Franco utilizó el seudónimo de Jaime de Andrade.

(4) De l’Égalité des Races Humaines (1885).  Enlace a la librería de la Universidad de Illinois:  http://www.press.uillinois.edu/books/catalog/25txk3ry9780252071027.html 

(5) Stanley Ambrose. Late Pleistocene human population bottlenecks, volcanic winter, and differentiation of modern humans. http://www.bradshawfoundation.com/stanley_ambrose.php. Más en: http://www.ox.ac.uk/media/news_releases_for_journalists/100222_1.html

(6) Informe sobre la evolución de los delitos de odio en España 2013. Ministerio del interior.

(7) Puede ser interesante leer, dentro de este mismo blog, los artículos acerca de las ideas de tribu y nación.

Bueno para comer

“No hay amor más sincero que el que sentimos hacia la comida”.  George Bernard Shaw

Podemos considerar a la cultura como un mecanismo social adaptativo, que se va construyendo en respuesta a las necesidades de la supervivencia. El otro gran mecanismo adaptativo en los humanos, son los instintos. Los instintos actúan como fuerzas adquiridas plasmadas en los genes que representan la estrategia de éxito en la permanente lucha por esa supervivencia. Un mecanismo individual pero que funciona en la trascendencia. El software y el hardware de nuestra especie.

Por razón de la convergencia e interdependencia entre ambos mecanismos, los instintos son a su vez generadores de cultura y aquí radica la conexión fundamental entre procesos evolutivos biológicos y adaptativos culturales, necesidad y respuesta, individuos y sociedad.

A lo largo de la historia de la humanidad la forma en que sus grupos se han organizado para cubrir sus necesidades -y especialmente la obtención de alimento- ha determinado el modo de producción, el desarrollo de la tecnología y el funcionamiento de sus sociedades.

Como ha mencionado alguna vez la cocinera catalana y española con más estrellas Michelin,  Carme Ruscalleda; “La historia de la gastronomía es la historia del mundo”.

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De un modo bastante directo, una gran ciudad moderna o una gran infraestructura, un desfile militar, una red hospitalaria o un teatro de la ópera, por extraño que pueda parecer, son manifestaciones de como el ser humano ha ido resolviendo el problema de la subsistencia a través de la creación de un  estructura física y de relaciones para aprovecharse del medio y los recursos disponibles y poder extraer y canalizar la energía suficiente para transmitir la existencia de una generación a otra.

La supervivencia de todo ser vivo es una cuestión de apropiación de la energía del medio y su consecuente utilización y conservación. Esta apropiación y este uso es básicamente lo que llamamos alimentación (1).  Comer puede ser un placer, pero satisfacer el hambre es una auténtica necesidad. Como reflejo de su necesidad, lo relacionado con la comida viene a ser uno de los más importantes campos de desarrollo cultural.

Como todo fenómeno cultural, la alimentación no vive en los supermercados, en las granjas, en los restaurantes o en las despensas de las casas sino que por encima de todo vive y se desarrolla en la mente de las personas.

La fuerza cultural de la comida responde a un mecanismo de interacción con la realidad y de un proceso elaborativo, de generaciones o personas, que selecciona aquellas cosas que merecen ser consideradas efectivamente comestibles -no matan ni son nocivas- y provechosas -su ingesta produce un efecto nutricional apreciable.

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Provechosas en un doble sentido inducido: en el de su utilización personal positiva y también en un sentido económico -y ecológico- donde la obtención de alimento permite un sistema productivo autosostenido, que satisface a un colectivo de individuos y genera plusvalías o, al menos, el suficiente excedente para su mantenimiento en el tiempo.

Dos ámbitos, el personal y el social, son los que concretan la adecuación de los alimentos a la dieta de las personas, que es una consecuencia de la cultura predominante de la sociedad en la que “se come”. Es dieta comestible lo que cada cultura particular enseña que debe comerse y no comerse pero lo es también -y por motivo causal- aquello que la sociedad “produce” como alimento.

Alimento que el sistema productivo dominante produce e integra con los recursos disponibles y el medio ambiente condicionante. Casi un enfoque emic y etic que refleja en el plano cultural una cuestión clave y determinante: qué cosas son buenas para comer y cuales no.

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Marvin Harris (1927-2001)

En asuntos de alimentación y cultura es obligada la mención del antropólogo Marvin Harris, que se hizo relativamente conocido por el gran público gracias a popularizar una explicación materialista de los procesos por los que, en una cultura determinada, algunos alimentos son preferidos y habituales y otros son considerados alimentos despreciados o prohibidos.

Con anterioridad ya repasamos en este blog uno de los casos más llamativos de interrelación cultural en Caníbales y Reyes (1977), donde además Harris explicaba uno de los tabúes alimentarios más marcados de las sociedades humanas. Más conocidos aún son los asuntos tratados en un libro anterior: Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974), donde se desvelan las razones culturales con raíces ecológicas y económicas de diferentes tabués alimentarios muy conocidos (la vaca en la India, el cerdo en Oriente Medio) disfrazados bajo la forma de principios religiosos.

Bueno para comer: enigmas de alimentación y cultura (2), editado por primera vez en 1985, es el libro que recoge las tesis que Harris había ya planteado en obras anteriores acerca de los grandes tabués alimentarios, dándoles un esquema general. Para Harris queda claro que la razón por la que el ser humano difiere su dieta según la sociedad en la que vive se debe a influencias del medioambiente y los recursos disponibles de esas sociedad y del consiguiente proceso productivo que ha sido regulado y reflejado por la cultura de esa sociedad determinada.

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Los seres humanos, como la mayoría de los primates, somos animales omnívoros. Este destacado grupo de seres vivos, entre los que podemos citar a los cerdos, a las ratas o a las cucarachas, entre otros muchos, se caracteriza por poder alimentarse de un amplio espectro de alimentos, que recorren los viejos reinos de la biología: animales, plantas, hongos y minerales.

En efecto, en una misma comida tipo del mundo occidental -por ejemplo- es habitual degustar carne de ternera, cordero, pollo o cerdo con guarnición vegetal (patatas, lechuga, tomates…), cereales molidos y horneados (pan), algo de proteína de ave (huevo, mayonesa), hongos (champiñones, levadura del pan, algunos quesos), minerales (sal, bicarbonato, nitratos conservantes) o frutos  secos (sésamo, nueces, café).

Y otros complementos tales como azúcar cristalizada de remolacha o caña, glucosa de maíz, edulcorantes artificiales, cebada fermentada con agua y alcohol -cerveza- zumo de uva fermentado -vino- y agua con mayor o menor contenido de sales minerales y microorganismos o bien una bebida carbonatada compuesta de diferentes sustancias colorantes y saborizantes artificiales. Y todo esto en una sencilla “comida rápida”.

Somos omnívoros pero en realidad es fácil comprobar que no comemos de todo. De hecho, del posible espectro de alimentos a nuestra disposición, nuestra dieta incorpora solo un reducido -en proporción- número de los que podríamos utilizar con aprovechamiento y placer. Hay algunos nutrientes para los que la evolución no nos ha preparado, como la celulosa; pero hay otros que, resultando perfectamente aprovechables y saludables, los rechazamos ¿Por qué?

Por ejemplo el caballo, incluso llamándolo potro, es tabú alimenticio en Norteamérica, pero ha sido un plato selecto y recomendado para personas enfermas y convalecientes en buena parte de la vieja Europa, donde -a pesar de la homogeneización global- en muchos países todavía existen establecimientos especializados en la venta de este tipo de proteína alimentaria.

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Los insectos parecen despertar una repulsión -falsamente- innata y resulta casi imposible que sean considerados un alimento en Europa y América, pero gozan de diferente consideración en algunos países de Asia y África, donde es una proteína popular, barata y de alta calidad. De hecho, es fácil constatar el gran parecido entre algunos insectos y algunos de los más selectos y bien preciados mariscos, pero es una identificación que preferimos olvidar casi tan pronto como nos surge en la mente.

Una ostra, una langosta o el caviar son alimentos considerados exquisitos y, en razón a su escasez y demanda, de precio elevado pero a pocos en occidente se les ocurre desear con la misma intensidad -y pagar el mismo precio- por una larva de escarabajo, un saltamontes o una hamburguesa de mosquitos. Algo parecido ocurre con los caracoles, que se consumen en Francia, España o Italia con el mismo placer que repulsión despiertan en la Europa del este o el mundo anglosajón.

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Muchos arroces del mediterráneo incluyen los caracoles como elemento característico, entre ellos la verdadera paella valenciana. Aquí, arroz caldoso de conejo y caracoles.

Pese a todo ello, sin embargo, los insectos se apuntan cada vez más como una alternativa alimentaria que viene: la entomofagia. Un insecto tipo, como puede ser un saltamontes, tiene un tercio de las calorías de la carne de vacuno y para el mismo peso de alimento, aporta más proteínas, menos grasa y muchos más minerales y vitaminas (3).

Y casi lo más importante desde el punto de vista de su producción y sostenibilidad: a diferencia de la carne de mamífero, ave o pescado, la cría de insectos para la alimentación no necesita agua y apenas genera emisión de CO2. Por esto la FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura dispone de un programa de “Insectos Comestibles” ya que entiende que la opción entomofágica es algo muy serio y que va a haber que tener necesariamente en cuenta (4).

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Los comportamientos acerca de la dieta no están dictados por la biología o la genética, ni mucho menos. Todos sabemos que de pequeños los niños sanos se lo llevan todo a la boca -como buenos omnívoros curiosos- y es la educación y la socialización lo que va produciendo la adopción de hábitos y costumbres concretas. Es cultura por tanto y no otro condicionante físico. A menudo, la intolerancia metabólica hacia determinados alimentos se considera una enfermedad, demostrando que la cultura con frecuencia tiene más peso en la actividad humana que la capacidad directora de sus genes (4).

Las preferencias personales son singularidades adquiridas y en la mayoría de los casos implantadas en el paso de la infancia a la edad adulta a través del ejemplo y la repetición. Hacia la adolescencia un ser humano habrá adquirido ya su propio y peculiar esquema de atracción o repulsión hacia el abanico de los alimentos a su alcance. Los que le resulten atractivos primarán sobre los que no y los que no hayan sido considerados ni siquiera aparecerán en la mente como alimentos.

En una inolvidable escena de la película “Indiana Jones y el templo maldito“, sucede un banquete en el que van apareciendo todo tipo de platos exóticos imaginados por los guionistas con el objetivo de transmitir el enorme abismo cultural entre un remoto -y ficticio- reino de la India y el gusto normalmente extendido en la cultura occidental. Incluidos la sopa y el postre.

 

Esta anécdota -fácil de experimentar sobre el propio espectador- evidencia como las personas interpretan aquello que comen, o mejor dicho, aquello que ven correcto comer, de acuerdo a un patrón cultural. Y es por tanto la cultura, tanto más que el paladar, lo que determina algo tan fundamental y básico para la supervivencia como es la alimentación. No en vano, somos lo que comemos y esto es cierto en todos los sentidos, empezando por el biológico y siguiendo -por esto mismo- por el cultural.

 

En resumen, las causas determinantes que explican por qué una sociedad tiene una dieta determinada diferente de otra, se explica porque:

  • Hay disponibilidad de ciertas materias primas comestibles debido a causas geográficas y ambientales.
  • El sistema productivo suministra determinados alimentos gracias a un desarrollo tecnológico determinado.
  • El sistema económico de esa sociedad ha establecido una serie de beneficios o pérdidas en función del coste y el resultado de producir unos alimentos u otros.
  • La estructura cultural dominante determina  lo que tiene cabida dentro de la “mentalidad colectiva”.
  • Las reglas sociales establecen determinadas pautas culturales que se transmiten por educación y socialización.

 

 

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Si han seguido el curso del artículo hasta aquí, entenderán perfectamente que lo que se quiere decir es que una causa material lleva a otra inmaterial y así hasta el origen, como el hilo de Ariadna. Este flujo evolutivo significa que determinados memes culturales se van incrustando en el cuerpo principal pero que, a diferencia y similitud con la evolución biológica, son posibles también mutaciones repentinas en la composición de alimentos de la dieta.

Estas mutaciones se explican por cambios en alguno de los elementos explicativos de la lista de arriba, con más fuerza cuanto más arriba aparecen en ella. Resulta difícil de visualizar que hace solo 5 siglos, en Europa no existían muchos de los alimentos que hoy en día forman parte de los platos cotidianos.

No se conocían el tomate, la patata o el pimiento, por ejemplo. Ni tampoco alimentos tan “nuestros” como el chocolate o el maíz. Fuera de los puertos y zonas costeras apenas había disponibilidad de pescado o marisco y solo llegaban tierra adentro los que podían ser conservados en sal. De las especies comerciales conocidas, pocas parecerían familiares a ojos de un habitante de aquella época. La misma extrañeza que ocasionaría a una persona de hace más de un siglo la existencia y disponibilidad de bebidas carbonatadas artificiales que hoy parecen, en especial en determinados círculos, como la única bebida posible, en especial en un entorno social.

En definitiva, la razón por la que comemos lo que comemos y por qué consideramos que determinados alimentos son buenos y otros no, se basa en razones materiales que con la evolución de la sociedad de referencia han ido incorporándose a la cultura dominante de esa sociedad.

Porcofobia y porcofilia. La cultura fija y proyecta las condiciones materiales de la dieta. Detalle de “El jardín de las delicias” de Hieronymus Bosch.

Siempre es posible que bajo el esquema general, existan y evolucionen ciertas culturas locales, grupales o familiares -incluso individuales, en un sentido próximo a la excentricidad- que difieran más o menos del esquema general, pero normalmente se tratará de variantes clinales y perfectamente explicables, debido a causas comerciales, migratorias, sociales o psicológicas.

Toda esta reflexión tiene unas consecuencias tremendamente prácticas -y de necesaria consideración- en ámbitos de la política, la acción social, la economía productiva o el marketing. Quienes comercializan productos alimentarios conocen mejor que nadie que el comportamiento de los consumidores responde a una serie de patrones culturales constantes de largo y corto recorrido.

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Los patrones de largo recorrido se corresponden con los alimentos “de toda la vida”, expresión que oculta en realidad adopciones dietéticas que se produjeron en un momento histórico dado, quizás no tan lejano como parece. Platos tan universales y clásicos como la pizza, la hamburguesa o la paella, parecen provenir del origen de los tiempos, pero no es así.

La pizza, por ejemplo, tiene dos ingredientes básicos: el tomate, que no llegó a Europa hasta finales del siglo XVI y la mozarella o queso de búfala, introducido quizás por tribus godas en el siglo VI o VII;  por no hablar de la harina de trigo que a pesar de parecer haber compartido siempre la cocina de la humanidad, vivió al margen de la evolución de la especie hasta bastante después del neolítico y asociado solamente a los grandes imperios hidráhulicos de oriente medio (6).

Pero el plato moderno de pizza que conocemos, muy extendido en los pueblos del Mediterráneo con muchos nombres y variaciones, proviene en realidad del impacto que sobre una sociedad pujante y una economía explosiva como la norteamericana de los siglos XIX y XX, tuvo un importante contingente migratorio de origen italiano. Similar historia la ocurrida con la hamburguesa (que tratamos en parte aquí) una preparación básica -casi natural- originaria de pueblos ganaderos del centro de Eurasia e integrante de numerosos platos de carne europeos. La hamburguesa fue catapultada desde Norteamérica como arquetipo de la comida rápida, barata y universal, la junk food y las redes mundiales de franquicias para la alimentación, asociada a una cultura también global.

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Los alimentos de patrón de corto recorrido están más sujetos a movimientos en el corto plazo, a modificaciones de costumbres provenientes de cambios sociales y económicos muy recientes. Ya que los últimos 50 años han supuesto unas transformaciones sociales y culturales enormes, la importancia de este tipo de alimentos ha ido también en aumento. Son cambios globales no achacables a cambios culturales erráticos sino que obedecen a cambios importantes en los procesos productivos de elaboración de alimentos y que van dirigidos a poblaciones cada vez mayores y con pautas culturales y de comportamiento muy diferentes a las de hace 50 o 100 años.

Se abandonan alimentos tradicionales, normalmente relacionados con productos de ámbito local que no requerían de conservación especial -legumbres, cereales, hortalizas, fiambres, salazones- y que requerían una elaboración más o menos compleja por alimentos preparados -no importa el rincón del mundo del que provengan- sujetos a producciones en masa y adscritos a una marca, a una expresión publicitaria y a una adopción social estratificada, por edad, clase o proyección social. Se hace hincapié en donde y cómo se come y no tanto lo que se come, aunque la publicidad lo disfrace.

En cualquier caso lo que determina el consumo responde a las reglas vistas arriba y su fijación como norma cultural está más en relación con la facilidad de producción -y adquisición- y el valor simbólico que aporta el hecho de haber sido una respuesta efectiva al problema de la supervivencia. Aunque esta respuesta tenga tan pocos años de adopción que nos parezca más una moda artificial que una necesidad real.

¿Y qué hay más necesario y real que la comida?

 “Primero va el comer, luego va la moral.”    Bertolt Brecht

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(1) En sentido estricto, la obtención de energía del medio debería incluir elementos más cruciales que la propia alimentación, como son el aire respirable, el agua y unas condiciones de temperatura y clima adecuados, aspectos todos ellos que requieren de una mayor inmediatez en términos temporales y que por eso mismo no consideraremos como alimento sino como condiciones de base para la vida.

(2) Marvin Harris. Bueno para comer: enigmas de alimentación y cultura (1985, 1a. edición en español: 1989). Ver también Food and Evolution: Towards a Theory of Human Food Habits. Philadelphia: Temple University Press. 1987.

(3) Quien quiera ver como es un criadero doméstico de insectos para alimentación y algunas formas de cocinarlos, puede visitar esta curiosa website de la diseñadora austríaca Katharina Unger.

(4) Insects for food and feed. FAO.
Sobre el mismo tema, puede consultarse esta noticia aparecida en el diario EL PAIS.

(5) La intolerancia al gluten y a la lactosa marcan además un registro que permite seguir una línea evolutiva humana desde la prehistoria. La intolerancia a la lactosa de los adultos, por ejemplo, es la norma en el conjunto de la población humana siendo lo contrario una excepcionalidad que corresponde a poblaciones cuyos antepesados habitaron durante miles de años en zonas septentrionales de Eurasia, con piel clara y tradición ganadera. Estas características unidas manifiestan una adaptación biológica para apropiarse del calcio y las proteínas y vitaminas de la leche que no se experimentó en otras poblaciones de otras regiones del mundo, que disponían de más horas de sol y otras fuentes alimenticias suficientes. Cuando algunas de las culturas derivadas de esta, como los EEUU de mediados del siglo XX, remitían a países del tercer mundo leche en polvo a través de programas de ayuda, se descubrió que tras una serie de diarreas y trastornos asociados, algo que ya se intuía desde antaño: que solo la población adulta de piel blanca y origen indoeuropeo era capaz de sintetizar la lactosa. Pueden consultarse referencias a este asunto en las obras de Marvin Harris citadas en el texto.

(6) Los grandes grupos de civilizaciones prístinas se asocian con diferentes cereales: el trigo para Egipto y Oriente Medio, el arroz para China y Asia y el maíz para las civilizaciones americanas. Hubo más cereales decisivos a nivel  local, como es el caso del sorgo, la cebada, la avena el mijo o el centeno, pero no adquirieron las importancia de los tres grandes, que hasta épocas muy recientes no se expandieron significativamente fuera de sus zonas representativas.

La maldición de Seth

“El hombre es un animal que pega”
Arthur Schopenhauer

Las estadísticas demográficas aportan la información básica acerca de la realidad y las dinámicas de la población pero sirven también para analizar cómo se construye una determinada sociedad, cómo se organiza, como vive y cómo explica su historia y su particular visión del mundo. Un estudio exhaustivo de las principales variables demográficas como son nacimientos, defunciones, estratificación por edades, estructura familiar, migraciones, distribución espacial, etc. revela en primera instancia, de manera objetiva y a igualdad de intensidad, más información que un enfoque puramente cualitativo.

Al comparar datos de distintas sociedades, esta información contrastada desvela más detalles todavía acerca de las características diferenciales de cada sociedad y añade datos a la explicación, sacando a la luz circunstancias específicas acerca de la población que se estudia.

Entre estas estadísticas, no es la más utilizada ni está entre las más reconocidas la tasa de muertes violentas por causas no accidentales que, incluso cuando se trata de algunas concretas -como es el caso de los suicidios- es considerado algo socialmente vergonzoso, que es mejor ocultar y que por tanto suele ser tratado discretamente o con algún tipo de filtro informativo por parte de los medios de comunicación.

Emile Durkheim (1858-1916)

Émile Durkheim (1858-1917)

Nada que ver con los estudios identificativos de la sociología como fueron los de Max Webber y sobre todo los de Émile Durkheim, con su tesis sobre los suicidios (1) como consecuencia de la correlación entre tasa de suicidio y cultura predominante de una determinada sociedad o grupo social. Los suicidios, para Durkheim eran el resultado de la  cohesión que establecía un determinado grupo, la medida de una fuerza cultural que emanaba de una razón material concreta y dominante: la forma de organizarse socialmente para garantizar la supervivencia.

Las sociedades o grupos donde la cohesión social era más necesaria tenían una baja tasa de suicidio ya que el grupo ejercía sobre el individuo una presión dirigida al sostenimiento mutuo y en donde el suicidio no sería solo un asunto personal sino un problema para el conjunto del grupo. Simplificando, sería el caso de las sociedades “del sur”, de ámbito mediterráneo en la esfera europea.

Por el contrario, las sociedades o grupos donde predomina una concepción individualista proveniente a su vez de un modo de producción basado en dicho individualismo y donde los vínculos familiares o sociales no eran tan importantes ni se ejerce una presión social de sostenimiento del grupo, presentaría una mayor tasa de suicidio. El caso de las sociedades del norte y este de Europa.

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La tesis de Durkheim, más o menos complejizada y con todas las salvedades y precauciones metodológicas necesarias, mantiene un cierto grado de correlación a la luz de las estadísticas actuales, pese a los cambios poblacionales y migratorios que impiden a menudo hablar de una sola cultura en un espacio geográfico determinado. Se evidencia, en todo caso, la magnitud de esta tragedia colectiva que produce cada año más muertes que la suma de víctimas de guerras y asesinatos juntas.

Aunque las estadísticas no reflejan la totalidad de las cifras reales, ya que en muchas culturas y colectividades el suicidio tiende a ser ocultado, los datos son abrumadores: en el mundo se producen al año más de un millón de muertes por suicidio -una cada 40 segundos- y se llevan a cabo más de 20 millones de tentativas (2).

La Organización Mundial de la Salud considera el suicidio como una enfermedad (3), tanto por sus efectos sobre la población como por sus consecuencias sociales e individuales y así la considera como materia de estudio y prevención. Pero otro tipo de muerte violenta, la segunda por frecuencia, no es reconocida como enfermedad ni tampoco como accidente: son los homicidios intencionados.

La tasa de homicidios de una sociedad revela un tipo de estructura colectiva y política determinada y la existencia de una situación de verdadera enfermedad social, con trágicas consecuencias personales para víctimas y allegados. Aunque los datos presentan las mismas dificultades de detección y verosimilitud que en el caso de los suicidios, la mayoría de los países aportan a través de gobiernos u organizaciones, series estadísticas que en conjunto forman una representación bastante cercana a la realidad.

Abel es hallado muerto por Adán y Eva.   William-Adolphe Bouguereau, El Despertar de la Tristeza (1888).

Abel es hallado muerto por Adán y Eva.
William-Adolphe Bouguereau, El Despertar de la Tristeza (Le premier deuil) (1888).

La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD o UNODC, United Nations Office on Drugs and Crime) es una agencia de las Naciones Unidas que tiene por objetivo luchar contra las drogas y el crimen organizado mediante la obtención de datos, la elaboración de informes y el diseño de políticas específicas para los países miembros.

Anualmente la UNODC realiza el seguimiento sobre la situación mundial de crímenes y delitos y publica una serie de datos sobre la incidencia de los mismos en diferentes países. Como en el caso de los suidicios, las relativas a homicidios prueban un hecho tan contundente como habitualmente ignorado: el número de personas muertas en un año en el planeta por homicidio intencionado ronda el medio millón de personas, una cifra superior a los muertos por guerras en todo el mundo en el mismo periodo.

Homicidio intencional es toda muerte violenta y contraria a las leyes, inflingida voluntariamente por una persona a otra. Se excluyen de esta definición las ocasionadas por actos de guerra y lógicamente todas las producidas por accidentes violentos en los que no haya intencionalidad manifiesta.

Sabemos que las estadísticas tienen un problema. Mejor dicho, pueden tener muchos. Especialmente cuando se agregan datos provenientes de países con estructuras políticas y sociales muy diferentes y con sistemas de recogida y proceso de datos tan dispares. Los conceptos, las categorización de delitos, varían de un país a otro, incluso en asuntos tan aparentemente objetivos como son los homicidios intencionales y también cambia significativamente la forma en que se registran los delitos.

Pese a esta prevención metodológica, los datos, adecuadamente corregidos en el caso de fuentes diversas por la UNODC (4), revelan una realidad de violencia y riesgo para la vida que sufren millones de personas y que condiciona todos los aspectos de la cotidianeidad, desde la educación a los negocios, del ejercicio de las libertades y derechos fundamentales a sus manifestaciones personales y culturales.

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Los datos publicados en 2013, con datos consolidados de 2011, muestran un panorama delimitado por continentes en los que destacan determinadas países donde la concentración de altas tasas de homicidio revela un grave problema humano. En el conjunto del mundo hubo un total de 466.078 asesinatos, lo que supuso una tasa mundial de homicidios intencionales de 6,9 por cada 100.000 habitantes.

África, con 17 crímenes por cada 100 mil habitantes (169.105) y América, con 15,4 (144.648), ocupan las dos primeras posiciones de la tabla por continentes. Destacar la falta de datos fiables o simplemente de datos en muchos países africanos y que las regiones donde existen conflictos armados pueden camuflar a menudo muchos homicidios intencionados no producidos directamente en el conflicto. En el lado opuesto de la tabla por continentes, Oceanía con 2,9 homicidios por 100 mil habitantes (1.180),  Asia 3,1 (127.120) y Europa con 3,5 (24.025).

Se observa que aunque las cifras absolutas de Asia están próximas a las del continente americano, la tasa -que sirve también para medir la percepción personal de un habitante de cada región mundial- es 5 veces menor, proporción muy similar a la europea.

Al analizar las subregiones, se aprecia que la mayor concentración de la tasa de crímenes en África sucede en África del sur (30,5) y África central y oriental (>20) mientras en América se focaliza en América del sur (20) y sobre todo en América central (41). En efecto, Centroamérica incluye los dos países con mayor tasa de homicidios del mundo, El Salvador (70,2) y Honduras (91,6).

Los estereotipos chocan con los datos, especialmente en los países americanos. El injustamente calificado como “violento” México, tiene una tasa de 23,7 homicidios por 100 mil habitantes mientras destinos turísticos percibidos como países tranquilos tienen sorprendentes y elevadas tasas de homicidios: Jamaica con 41,2 o las Islas Vírgenes (USA) y Belice con 39.  Nicaragua tiene casi la misma tasa de homicidios que las islas Bermudas (12,3) mientras las islas Bahamas superan la tasa de 36 homicidios por 100 mil habitantes: un 52% más que México.

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El resto de América Latina tiene otros dos registros importantes: Venezuela con 45, Colombia con 32 y Brasil con 21,8, registrando así mismo importantes cifras otras islas del Caribe. En el extremo opuesto del continente, destaca Canadá con 1,4 homicidios por cada 100 mil habitantes y Chile con 3,7. Otros países como Argentina, Uruguay, Cuba, Estados Unidos o Surinam, ocupan el segundo peldaño más bajo, con tasas alrededor de 5.

Europa mantiene el conjunto de tasas más reducidas. Los países más poblados presentan tasas alrededor o por debajo de 1 homicidio por cada 100 mil habitantes: Alemania (0,8), UK (1,2), Francia (1,1), Italia (0,9), España (0,8). En general más bajas cuanto más al sur y más al oeste. Por contra, las cifras son sensiblemente más altas en el este de Europa, destacando Rusia (10), Moldavia (7,5)  y Lituania (6,6) y otros con tasas alrededor de 5 como Estonia y Bielorrusia.

Asia destaca con las bajas cifras de Singapur (0,3), Hong Kong (0,2) y Japón (0,4) , más destacables si cabe dado el tamaño y densidad de su población. Del lado negativo, Kirguizistán (20,1), Corea del Norte (15,2), Birmania (10,2), Kazajastán (8,8) e Indonesia (8,1). Los países más poblados del planeta, China (1,0) e India (3,4) suponen una cifra absoluta de homicidios de 13.410 y 40.752 respectivamente.

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Comparativamente, China sufre tantos homicidios como Estados Unidos o Venezuela y solamente el doble que Honduras, pese a que su población de 1.360.720 personas es respectivamente 4,3 veces la de Estados Unidos, 45 veces la de Venezuela y ¡ 158 ! veces más grande que la de Honduras.

Aparte del conocimiento sobre el comportamiento humano y las condiciones en las que vive en las sociedades actuales, las cifras recogidas en el informe del UNODC representan también unas consecuencias concretas en ámbitos específicos, además de significar una ocurrencia asociada a otras formas de delincuencia. El estado de derecho o de desamparo que significan unas cifras u otras, deviene importante cuando hablamos de desarrollar negocios, empresas u operaciones comerciales en un país concreto.

Y lo mismo cuando se trata de desarrollar acciones sociales en el ámbito de determinadas organizaciones. Y por supuesto que son una información de primera mano y necesaria para el ámbito individual cuando se planifica una acción de voluntariado, una búsqueda de trabajo o un viaje de turismo a un determinado país.

Está claro que las tasas de homicidios que se recogen arriba no afectan al conjunto de la población de cada país por igual, sino que las situaciones de violencia cotidiana se concentran en determinados estratos de población o en determinados espacios por razones concretas que explican esa violencia. Y ese es el campo del análisis y del diseño de actuaciones políticas para resolver este problema.

Hay que resaltar la importancia simbólica y cultural que tienen los homicidios y no hay más que asomarse a una librería para ver el asunto del que tratan los más importantes best sellers, año tras año, o a cualquier programación de televisión donde las películas y series más populares son las protagonizadas por policías e investigadores que desentrañan asesinatos y tramas delictivas.

Debemos ver el tema con naturalidad porque si no es difícil de entender que aceptemos el hecho de que las televisiones de Europa emitan 40.000 homicidios anuales y en España puedan verse más de 1.000 escenas violentas por semana (5).

Literatura, cine, arte, historia y cultura han recogido el interés, el impacto y hasta la fascinación, mezcla de miedo y asombro, que los asesinatos han producido en el ser humano desde los albores de la civilización y así aparece en infinidad de las mitologías fundadoras de casi todas las culturas.

Está en casi todas las mitologías, de la escandinava a las americanas prehispánicas, en las africanas o en el simbolismo representativo de la diosa hindú Kali, la destructora. Y especialmente -por su importancia como tronco común- en la grecolatina, repleta de asesinatos genéricos y familiares, como la historias de Zeus, Agamenón o Edipo o la existencia de espíritus violentos como las euménides o los fonos (6).

Es sin duda el origen de la historia bíblica del asesinato de Abel por Caín, símbolo definitorio en la esfera judeocristiana y que aparece claramente conectada con otra historia egipcia más antigua, la del dios Seth que también acabó con la vida de su hermano Osiris.

Seth

Seth era la representación de la fuerza bruta, de lo tumultuoso, de lo incontenible. Señor de las tinieblas, dios de la sequía y del desierto. Seth fue la deidad de las tormentas, de la guerra y de la violencia; aunque también fue el dios de los oasis en su faceta más benévola.

El asesinato de su hermano Osiris representaba la lucha de la oscuridad y la luz, del mal y del bien.  Asociado a las crecidas regulares del Nilo y al regreso del sol tras cada noche, la definitiva resurrección de Osiris señalaba el triunfo de la vida sobre la muerte y del bien sobre el mal. Un símbolo este de la resurrección, pleno de fuerza y significado, que también sería incorporado por otras religiones.

La constatación de que en determinadas sociedades la maldición de Caín o de Seth, en forma de violencia y asesinatos, ha sido reducida a la mínima expresión debería alimentar nuestra esperanza de que no existe tal maldición y que, pese  a las potencialidades destructivas de este animal que pega -y a veces mata- son las condiciones ambientales, predominantemente sociales, económicas y culturales las que determinan que exista este tipo de dramática patología social de grandes proporciones.

El análisis de Durkheim para el estudio del suicidio trataba de determinar un determinante material y cultural generalizable. Es un buen precursor de estudios sobre el homicidio que se basen también en encontrar sus causas materiales, bien de manera directa, bien a través de la fijación de condicionantes culturales de base material, que son la causa de los crímenes en diferentes sociedades, en épocas y tiempos concretos.

Si las enfermedades biológicas ya suponen un campo de batalla de enorme complejidad, las derivadas de las condiciones sociales, políticas y económicas que provocan la violencia entre humanos y que obedecen a infinidad de causas entrelazadas y enraizadas en la cultura, no lo es menos. Pero en su conocimiento, análisis y diagnóstico para poder formular los adecuados planes de actuación, está el camino a su progresiva superación.

“La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más”
.

Antonio Machado

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(1) Émile DURKHEIM. “El suicidio” (1897). Copia digital en: http://es.scribd.com/doc/5301993/Emile-Durkheim-El-Suicidio.

(2) Datos de la OMS. Prevención del suicidio (SUPRE). http://www.who.int/mental_health/prevention/suicide/suicideprevent/es/

(3) La OMS recomienda considerarla como tal y dado el factor de imitación que puede despertar, que los medios de comunicación aborden el tema con la debida prudencia y respeto hacia quienes lo sufren.

(4) UNODC Statistics.  http://www.unodc.org/unodc/en/data-and-analysis/statistics/index.html

(5) Datos de la Asociación Española de Pediatría y Atención primaria (AEPAP)

(6) Los fonos o phonoi, eran  espíritus que personificaban los asesinatos y las matanzas ocurridas fuera de las guerras. Como otros espíritus malignos, los fonos fueron engendrados por Eris, la diosa de la discordia.

Libertad, desigualdad, fraternidad: la causa oculta de la crisis

“No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando
la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.”
 Adam Smith. La riqueza de las naciones.

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Una de las manifestaciones más dolorosas de la crisis económica es el empobrecimiento generalizado de la mayoría de la población y la extensión de la pobreza severa a amplias capas sociales. No hay que prestar mucha atención a los medios de comunicación para conocer situaciones, en ocasiones dramáticas, que suceden a conocidos, compañeros, amigos o a nuestra propia familia.

Junto a esto, los ricos aumentan sus niveles de riqueza. Las clases medias se reducen y la desigualdad social aumenta, los ricos más ricos, los pobres, cada vez más numerosos y cada vez más pobres. Una situación alimentada por los numerosos despidos acaecidos tras la última reforma laboral y por otro lado la reducción del gasto social y de las ayudas dirigidas a colectivos desfavorecidos.

Los poderes económicos y políticos han encontrado un culpable de la crisis: las personas. Y por tanto la satisfacción y expurgación de la crisis parece que ha de venir necesariamente por aquellos que también en el imaginario colectivo son siempre los paganos.

Esta imposición moral –e irracional- de castigo acompaña los empecinados mensajes de los gobiernos y organismos dedicados al asunto, insistiendo una y otra vez en la disminución del gasto público y en la “necesidad” de reducir los salarios como principal solución a nuestros males.

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El exceso en este celo llega a tal punto, que en repetidas ocasiones el gobierno se vanagloria de las reducciones salariales -retituladas como “reformas”- mientras saca pecho del aumento de los beneficios y las rentas del capital a cuyos bolsillos no ha dudado en transferir rentas presentes y futuras de los mismos ciudadanos a los que reduce el sueldo. Aunque provoque perplejidad, se hace triunfalismo de una política que reduce la riqueza.

Se alega que siendo más pobres –costes salariales competitivos- la inversión del capital global volverá a España, aumentarán las contrataciones y saldremos de la crisis. Como si la vía china al capitalismo fuera la mejor opción. O la única (1). El gobierno trata de convencernos que si somos más pobres es por nuestro bien: para ser ricos hay que ser pobres antes.

La forma en que han aumentado los impuestos directos y el IVA ha demostrado qué hombros soportan con más dureza el peso de la crisis. Pero al mismo tiempo ni se incrementa el gravamen de las grandes fortunas ni se intensifica la lucha contra el fraude fiscal y sin embargo se pide a los ciudadanos ya exánimes, continuos sacrificios que parecen no ser nunca suficientes. Como el viejo dicho popular, todos somos iguales, pero unos más iguales que otros.

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La explicación de todo esto pasa por la ideología, desde luego. Pero al margen de la ideología, un análisis puramente económico sirve también para entender que la desigualdad siendo resultado de la crisis es también, y en no menor medida, la causa principal que la provoca.

La codicia, como otros instintos humanos, es una fuerza inagotable, solo conoce limitaciones y frenos temporales. Como concepto económico, la ambición no se considera insana, al contrario.

La ideología dominante ha rodeado el concepto nuclear de la codicia bajo el ropaje de que es la fuerza naturalmente necesaria para que se cree riqueza y la prosperidad fluya. Como decía Adam Smith en una de sus citas más conocidas: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra comida, sino de la consideración que ellos hacen de sus propios intereses. Apelamos no a su sentido humanitario sino a su amor por ellos mismos…”.

Pero como apunta el premio nobel de economía Joseph Stiglitz: “La razón de que la mano invisible a menudo parece invisible es que a menudo no está allí”. La sencilla y genial idea-fuerza de la mano invisible ha obrado en la historia de la política económica tanto beneficio como daño. Porque si es cierto que un verdadera libertad de empresa y de comercio sería la maquinaria de la economía, no es menos cierto que la especulación real no busca satisfacer de manera óptima ninguna necesidad efectiva, salvo la de transformar una cantidad de dinero en otra mayor.

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El capital financiero jamás actúa en términos de producción o satisfacción de demandas sociales sino en términos de rentabilidad y riqueza. La rentabilidad de su dinero y la riqueza de sus patrimonios particulares. Esta idea es el pensamiento rector de los agentes protagonistas del sistema económico imperante y, en consecuencia, de todo el sistema global, política y cultura incluidas.

En un reciente artículo el profesor Paul Krugmann se preguntaba acerca de si esta visión del sistema económico era la única visión posible o de si se trataba de una visión pervertida que, descontrolada y acelerada desde principios de los años 80, había sembrado las trampas que ahora se disparan… en forma de crisis bancarias, de deuda soberana y de empobrecimiento de la población.

Krugman, en línea con Stiglitz, atribuye a esta idea-fuerza del neoliberalismo -“solo los ricos crean la riqueza”- el origen de muchos de nuestros males presentes. Una idea fuerza apenas discutida, ni en su concepto básico, ni en sus frutos intelectuales más sofisticados (2).

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La aceptación de que la desigualdad es la situación natural y al tiempo un desideratum ha justificado buena parte de las políticas de los países occidentales de las últimas décadas y los frutos de esa aceptación no han sido ni comprendidos ni advertidos. El suponer que la desigualdad es un axioma hace aparecer un corolario moral: en un mundo donde existen oportunidades abiertas, quien no abraza la fe de la ambición sufre el destino de su pobreza. O dicho de otro modo, los pobres lo son porque se lo merecen.

Aunque en los años de presupuestos públicos suficientes ha existido cierta acción social correctora a modo de fuerza compensatoria, respondiendo a la voluntad de los ciudadanos o como siembra de posibles réditos electorales, la crisis y la quiebra fiscal de los estados evidencia ahora la cruda verdad que anima el sistema.

Se comprueba que los esfuerzos igualitarios son superfluos o prescindibles mientras el núcleo de la idea-fuerza, el que anima el capital financiero, es vital e irrenunciable, hasta tal punto que los escasos recursos del estado en crisis sirven para apuntalar -como supuesto mal menor- el edificio de ese mismo capital.

Ni siquiera una medida tantas veces anunciada como olvidada, el fin de los paraísos fiscales, parece aplicable. Bien porque se argumenta que es utópico e irrealizable bien porque se teme que pueda afectar negativamente al funcionamiento básico del sistema. Escrúpulo este, por otra parte, que casi nunca se manifiesta acerca del deterioro de las rentas salariales y pensiones a pesar de que son la fuente efectiva de la demanda agregada que mueve la economía real.

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Nos hemos ido acostumbrando a que la única libertad efectiva sea la del capital financiero por lo que parece lógico que se liberalice lo común y que ningún rincón de lo público pueda escapar al espacio de la especulación privada; pero al mismo tiempo se dictan normativas más y más opresivas que limitan los ámbitos personales de ejercicio de la libertad así como cualquier tipo de igualitarismo.

Este igualitarismo cae fuera del ámbito del pensamiento económico oficial y no se asimila a la libertad sino al ejercicio de la caridad. Caridad que puede ser llevada a cabo a través de voluntariados, bancos de alimentos o donaciones y que es una loable muestra de empatía y compromiso personal con los otros.

Pero con frecuencia, inconscientemente o no, esta caridad incluye una idea oscura: la de que el sistema ni está diseñado para resolver estas situaciones ni es conveniente que lo esté, pues entraría en conflicto con la idea-fuerza principal. Así que los poderes públicos no deberían actuar en el campo de la caridad (de la igualdad) y por tanto, como en el caso de una desgracia natural, la solidaridad personal –o un seguro privado- serían la única salida.

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La idea-fuerza central no es solo una idea, se manifiesta. Se ponen en marcha leyes en apariencia innecesarias cuyo objetivo es sancionar formalmente la desigualdad real en el trabajo, la sanidad o la educación y que aumentan el rigor de la futura represión y de los muros sociales que pondrá a prueba el aumento de la desigualdad. Es una curiosa paradoja que quienes menos creen en la lucha de clases más la fomenten y más se preparen para ella.

La riqueza es poder. Por tanto la desigualdad de riqueza es también desigualdad de poder e incompatible con el ejercicio de las libertades individuales y de una democracia verdadera, aunque paradójicamente la justificación de la desigualdad se base justamente en la libertad y la democracia. En palabras de J.K.Galbraith: “El conservador moderno está abocado a uno de los más antiguos ejercicios en filosofía moral: la búsqueda de una justificación moral superior para el egoísmo.”

En un artículo reciente el profesor Krugman se preguntaba si, dado que las grandes corporaciones estaban obteniendo importantes beneficios en la crisis, qué sentido tendría que estuvieran interesadas en que la economía saliera de la misma al tiempo que las administraciones se veían forzadas a posicionarse en el mejor podo posible para los intereses de estas corporaciones: débiles y manejables (3).

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Muchos economistas pensamos que la austeridad es austericidio y que la política de recortes aumenta la intensidad de la crisis y sus consecuencias. Incluso el FMI ha llegado a admitir que las cosas habían ido demasiado lejos. Quizás sea tiempo de asumir también que la desigualdad no es solo consecuencia sino también origen y causa directa de la crisis.

Aceptando que la desigualdad es responsable de la situación actual deberemos convenir que todas aquellas políticas en favor de la igualdad de oportunidades y que tiendan a reducir la brecha entre pobres y ricos serán políticas efectivas contra la depresión y el estancamiento.

Por no hablar del alivio inmediato que recibirían millones de personas, emprendedores, asalariados, pensionistas, desempleados o colectivos desfavorecidos, que hoy en día resisten como pueden las inclemencias de esta crisis que dura ya 6 largos años y cuyo final aún no se vislumbra (4).

Aparte de una cuestión de justicia o de principios, la reducción de la desigualdad supone una eficiencia económica superior a la de la desigualdad de manera que al conjunto de la población le interesa por partida doble. Claro que, como advirtió el profesor Galbraith: “la riqueza es el enemigo implacable de la comprensión”.

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[Este artículo fue publicado en el blog de Economistas Frente a la Crisis” el 20 de enero de 2014.]
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(1) “Why Wage Depression Is Not The Way Out For Spain”. Excelente artículo de Manuel de la Rocha-Vázquez publicado en el Social Europe Journal (18/12/2013) y recogido en el blog de “Economistas contra la crisis”.
http://www.social-europe.eu/2013/12/wage-depression-way-spain/

(2) “Por qué la desigualdad es importante” Paul Krugman.
http://economia.elpais.com/economia/2013/12/20/actualidad/1387543778_459984.html

“Rich’s man recovery”. Paul Krugman.
http://www.nytimes.com/2013/09/13/opinion/krugman-rich-mans-recovery.html
“Inequality Is Holding Back the Recovery”. Joseph Stiglitz. http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/01/19/inequality-is-holding-back-the-recovery/
(3) Why corporations might not mind moderate depression. http://krugman.blogs.nytimes.com/2013/12/25/

(4) Aunque al comienzo del escrito mencionaba que no era necesario atender a los medios de comunicación, no está de más tener en cuenta tres breves ejemplos de artículos sobre la situación y previsión de la pobreza y la desigualdad en España:

a) Ilustrando al presidente Rajoy sobre desigualdad, empleo y protección social. Indice de Gini evolución del índice de pobreza y diferencias de renta en España. Barómetro social de España, 11/12/2013. http://barometrosocial.es/archivos/808

b) Intermon Oxfam: “España podría aportar a Europa un tercio de los nuevos pobres en 2025″ 18/09/2013. Sala de prensa en http://www.oxfamintermon.org

c) The Huffington Post. Recolección de artículos sobre pobreza y desigualdad. 4T 2013. http://www.huffingtonpost.es/news/pobreza

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